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Por: Luis María González

Luis María González es Licenciado en Ciencias Políticas, Máster en Compliance con especialidad en Prevención de Fraude, Lavado de Dinero y Protección de Datos, y MBA, títulos de posgrado obtenidos en EALDE Business School y la Universidad Católica de Murcia (UCAM), España. Es Socio Fundador de theDUEco., firma boliviana especializada en Gobernanza, Inteligencia de Riesgos & Compliance. Con más de 20 años de trayectoria, se desempeñó como Compliance Officer y Director de País en TMF Group y TPC Group, y ocupó la Gerencia General en empresas como CIMAL, Periódico La Prensa, Grupo Unión Columbia y Cellular. Su práctica profesional se centra en Gestión de Crisis, Integridad Corporativa y Estrategia Empresarial.

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La epidemia silenciosa del «sí, jefe»

El profesional más peligroso de tu organización no es el que miente. Es el que calla para complacerte.

En 1999, @Amy Edmondson, profesora de Harvard, redefinió la seguridad psicológica como «la creencia compartida por los miembros de un equipo de que el entorno es seguro para asumir riesgos interpersonales».

Su hallazgo incomodó a todos: los mejores equipos que estudió no reportaban menos errores. Reportaban más.

No fallaban más. Hablaban más.

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Los equipos de alto rendimiento no son los que cometen menos errores; son los que no tienen pánico de reportarlos a tiempo.

Veinticinco años después, esto dejó de ser un tema de Recursos Humanos. Es infraestructura crítica de compliance. La ISO 37301 y la ISO 37001 exigen una cultura donde la gente plantee preocupaciones sin miedo a represalias. Pero ninguna norma legisla el coraje.

Sin seguridad psicológica, un sistema de gestión bajo la ISO 37301 es solo un manual caro acumulando polvo.

Y aquí está el punto que todo directorio debería entender:

Tu canal de denuncias no está vacío porque no haya problemas. Está vacío porque hay miedo.

Un buzón de ética es reactivo: el incendio ya empezó. La seguridad psicológica es preventiva: ocurre en la sala de reuniones, en tiempo real, antes de que se firme el contrato. Si el mando medio elige el silencio para no incomodar, el canal más sofisticado del mundo se vuelve decorativo.

Ese silencio tiene nombre clínico: el síndrome del please-o-holic, el adicto a complacer.

Ocurre cuando un gerente, un auditor o un asesor adopta sin discutirlo la premisa de que «el cliente siempre tiene la razón» o «el jefe manda». En ese instante deja de ser un asesor de confianza y pasa a ser un proveedor de tranquilidad. Retiene la información crítica. Advierte en voz tan baja que nadie lo entiende como alerta. O directamente calla.

Es lo que la ética conductual llama mudez moral: ver el problema con claridad y elegir no nombrarlo.

Ocultar un riesgo para no incomodar al cliente no es lealtad corporativa. Es el primer paso hacia la complicidad.

El please-o-holic rara vez actúa solo. Viaja con tres acompañantes:

🔹 Miopía moral. El ejecutivo está tan fijado en la meta financiera que pierde la capacidad de enfocar la infracción. No la oculta: literalmente no la ve.

🔹 Equilibrio moral. La mente lleva un marcador. «Hicimos tanto bien, implementamos tantos controles» — y ese saldo se cobra como licencia para relajar el estándar esta vez.

🔹 Incrementalismo. La rana hervida. Ningún ajuste de cifra justifica la alarma… hasta que el agua hierve. Los grandes fraudes casi nunca empiezan con un plan maestro.

Combina los cuatro y tienes el retrato exacto de cómo una organización se vuelve ciega sin que nadie decida cegarla. El mando medio no ve, no habla, se autoriza la excepción, y el desvío crece de a poco. El directorio se entera por la prensa, no por su sistema de control.

Una cultura que castiga al que alza la voz es la definición exacta de un defecto de organización. Ese silencio es la negligencia estructural por la que hoy se condena a las empresas. Por eso la pregunta de un líder no es si existe un canal de denuncias. Es más afilada:

¿Qué le pasa en esta empresa al que entrega una mala noticia a tiempo?

Si la respuesta honesta es «lo miran mal, lo aíslan, se gana fama de difícil», entonces el sistema premia al complaciente y castiga al centinela.

Y el deseo de agradar al directorio hoy suele convertirse en la prueba de cargo de mañana.

La seguridad psicológica no es amabilidad. Es exactamente lo contrario.

Se trata de subir tanto el estándar de honestidad que decir la verdad incómoda deje de tener costo personal.

Edmondson lo demostró con datos hace veinticinco años. El compliance todavía está aprendiendo a creerle.

¿En tu organización el que dice «esto no me huele bien» gana reputación de íntegro… o de problemático?

Los leo.

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