Waldo Albarracín: “Y siguieron metiendo bala”

CONVERSACIÓN POLÍTICA / SEPTIEMBRE 2026

ENTREVISTA

Abogado, activista de derechos humanos, expresidente de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia, exdefensor del Pueblo y exrector de la UMSA, Waldo Albarracín reconstruye una vida atravesada por la confrontación con el poder. Recuerda su militancia en el PS-1, el secuestro y la tortura que sufrió en 1997, las jornadas de Febrero y Octubre Negro de 2003 y la propuesta de referéndum que llevó a Gonzalo Sánchez de Lozada en plena crisis. Explica por qué votó por Evo Morales, cuándo se rompió aquella ilusión, cómo vivió los hechos de Porvenir y por qué vincula con el MAS los ataques que culminaron con el incendio de su casa en 2019. También habla del costo personal de su activismo y de las razones por las que todavía cree que Bolivia tiene salvación.

Entrevista: El Interrogatorio / O Stream

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IDENTIDAD, IZQUIERDA Y DERECHOS HUMANOS

P  ¿Es usted de izquierda?

—  Sí. Creo que la dicotomía entre izquierda y derecha, en términos estrictos, ya ha sido rebasada por la historia. Pero me considero de izquierda en el sentido de que nunca he cambiado mi compromiso con los sectores excluidos y desprotegidos, no solo en el plano jurídico, sino también en el económico y social. Mi profesión de abogado y mi activismo por los derechos humanos me inclinan a defender a quienes no tienen quién los defienda.

P  ¿El MAS también es de izquierda?

—  El MAS se dice de izquierda, pero en la práctica tiene una tendencia fascistoide por su autoritarismo y su intolerancia. En los últimos años instaló, además, una estructura de corrupción estatal.

P  ¿De dónde viene su militancia?

—  Primero milité en el Movimiento Popular de Liberación Nacional, el MPLN. Después del golpe de García Meza, la organización llegó a un acuerdo con el PS-1 y nos incorporamos de manera orgánica. Era la entidad más próxima a los principios que sosteníamos.

P  ¿Por qué cambió la política partidaria por los derechos humanos?

—  En 1986 fui invitado a integrar la Comisión Jurídica de la Asamblea de Derechos Humanos. Al año siguiente comprendí que mi militancia partidaria podía limitar la imparcialidad que debe caracterizar a un activista. Renuncié al partido y concentré mi actividad en la defensa de los derechos humanos.

EL SECUESTRO DE 1997

P  ¿Qué conflicto precedió a su secuestro?

—  En diciembre de 1996 se produjo la llamada Masacre de Navidad, en Amayapampa y Capasirca. El Ejército y la Policía intervinieron contra campesinos y mineros que habían tomado los campamentos. Nosotros intentamos mediar. El comandante nos dio media hora para conversar, pero a los veinte minutos ya habían disparado y se produjeron muertes.

P  ¿Qué hizo la Asamblea de Derechos Humanos?

—  Condenamos la masacre, la denunciamos dentro y fuera del país y exigimos el esclarecimiento y la sanción de los autores intelectuales y materiales. Yo era presidente de la Asamblea y creo que la idea fue afectar a la cabeza para amedrentar a toda la institución.

P  ¿Cuándo lo secuestraron?

—  El 25 de enero de 1997. Iba en un trufi a dar clases en la universidad. Hombres vestidos de civil interceptaron el vehículo, me sacaron por la fuerza y me metieron en una de dos vagonetas oscuras. Me pusieron boca abajo; eran como ocho personas y empezó la sesión de tortura.

P  ¿Sabe quién dio la orden?

—  Después de hacer una evaluación objetiva, lo dijimos en su momento: yo creo que el autor intelectual fue Carlos Sánchez Berzaín.

P  ¿Pensó que iban a matarlo?

—  Mi cálculo era que inicialmente querían llevarme a algún lugar para asesinarme y hacer desaparecer mi cuerpo. Cuando pasamos por un peaje deduje que íbamos hacia el sur de La Paz. Después se intensificaron las comunicaciones y, de pronto, pareció llegar una contraorden: el vehículo dio la vuelta y regresó a la ciudad.

Terminé en una celda. Tenía dos costillas fracturadas por los golpes y me desmayé. Cuando desperté, sentía que la idea era destruirme.

“Yo creo que la intención era asesinarme y hacer desaparecer mi cuerpo.”

P  ¿Qué encontró al despertar?

—  Meses antes había muerto mi madre, que vivía en Estados Unidos. Mis hermanas me entregaron un pasaje de la Biblia que ella había dejado para mí: el Salmo 23. Cuando desperté en la celda, me sentía destruido; miré la pared y allí estaba escrito el mismo salmo. Fue como un resorte: me levanté y tomé coraje.

FEBRERO DE 2003

P  ¿Octubre de 2003 fue una victoria democrática o el fracaso de la democracia?

—  El 2003, con febrero y octubre, fue un año de mucha violencia. Era el segundo gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada. En febrero se combinaron varios conflictos: el Gobierno había anunciado el llamado impuestazo y la gente se movilizó porque se sentía afectada en su economía; al mismo tiempo, la Policía se amotinó para reclamar por sus salarios.

P  ¿Qué hizo Sánchez de Lozada?

—  Convocó a las Fuerzas Armadas para controlar a los policías. Entre ambas instituciones existía una rivalidad antigua. Al principio se enfrentaron con golpes y después con bala. Militares y policías instalaron francotiradores en los techos de la plaza Murillo. Ahí nos metimos nosotros, desde la Asamblea, para intentar mediar.

P  ¿Logró sentarlos a dialogar?

—  Nos costó convencer a los policías porque no querían saber nada del Gobierno, pero entendieron que el diálogo era el único puente para resolver su problema. Nos quedamos a dormir allí para evitar más violencia y, al día siguiente, conformaron una comisión para ir al Palacio.

P  ¿Qué ocurrió cuando salieron?

—  Al pasar la puerta nos recibieron con una ráfaga de ametralladora. Tuvimos que volver y escondernos. Entramos por una puerta que comunicaba con la Cancillería y permanecimos debajo de los escritorios mientras continuaban los disparos.

P  ¿El diálogo finalmente prosperó?

—  Sí. La reunión entre el Gobierno y la Policía se instaló en la Asamblea de Derechos Humanos alrededor de las diez de la noche. Dialogamos hasta las cinco de la mañana y se logró un acuerdo: un incremento cercano al 50% para los policías.

P  Pero la violencia continuó en las calles.

—  El conflicto del impuestazo seguía y en las calles quedaron solamente los militares. No están formados para resolver conflictos sociales; están formados para la guerra. Dispararon contra civiles, entre ellos una enfermera, un albañil y una médica, con el argumento de que había francotiradores.

P  ¿Había pruebas?

—  Lo que no sabían era que los estaban filmando. Disparaban, caía la gente y recogían los cartuchos para eliminar pruebas. Cuando tuvimos las imágenes, las mostramos en una conferencia de prensa y denunciamos a las Fuerzas Armadas. Exigimos un proceso penal.

Para evitar que sus efectivos fueran juzgados en la justicia ordinaria, las Fuerzas Armadas los procesaron dentro de su tribunal y les impusieron sanciones leves. Después alegaron que nadie puede ser juzgado dos veces. Para nosotros fue una forma de garantizar impunidad.

OCTUBRE NEGRO Y LA REUNIÓN CON GONI

P  ¿Por qué Octubre Negro fue distinto?

—  Fue mucho más doloroso. El pueblo alteño quería defender los recursos energéticos porque se conoció que el Gobierno pretendía vender gas a través de Chile, creo que hacia Estados Unidos. No reclamaba algo particular, sino lo que consideraba patrimonio del país. Entonces se produjo una masacre.

P  ¿Qué hizo la Asamblea?

—  Al principio intervenimos para ayudar a salvar heridos. Después pedimos una audiencia con el Presidente y nos recibió en la residencia de San Jorge. Llevamos una propuesta muy concreta.

P  ¿Qué le propusieron a Gonzalo Sánchez de Lozada?

—  Le dijimos: si el pueblo se opone a la venta del gas y ustedes sostienen que esa venta puede favorecer al país, la única manera de salir del conflicto es consultar a la gente mediante un referéndum u otro mecanismo. Si el pueblo da luz verde, los grupos políticos que se oponen pasan a ser marginales.

P  ¿Qué respondió Goni?

—  Al principio no le pareció una mala idea. Nos dijo: ‘Déjenme consultar con mi gabinete. Los llamo mañana’. Nunca más nos llamó. Estoy seguro de que Sánchez Berzaín y otros sectores duros le dijeron que eso era demagogia. Y siguieron metiendo bala.

“Nos dijo: ‘Los llamo mañana’. Nunca más nos llamó. Y siguieron metiendo bala.”

P  ¿Cómo terminó aquella crisis?

—  Se acumularon varios problemas que estallaron en octubre alrededor del tema del gas y, finalmente, por la presión social, Sánchez de Lozada renunció. Mientras él se iba, su carta de renuncia era leída en el Congreso.

LA DEFENSORÍA Y LA ILUSIÓN CON EVO

P  Dos meses después fue posesionado como defensor del Pueblo.

—  Sí. A fines de diciembre de 2003 asumí como defensor del Pueblo.

P  ¿Quién lo respaldó?

—  La Central Obrera Boliviana, que entonces estaba dirigida por Jaime Solares; organizaciones campesinas, mineras y de mujeres. También hay que reconocer que el propio MAS votó por mí.

P  ¿Y usted votó por el MAS?

—  En la primera elección, sí. Creía que con Evo Morales, una nueva visión de Estado y otra forma de hacer política la democracia podía consolidarse, la situación de la gente podía mejorar y habría un mayor compromiso con el pueblo. Había esa ilusión.

P  ¿Qué recuerda de los hechos de Porvenir?

—  Fueron hechos de violencia muy dolorosos. Algunos comités cívicos habían cobrado mucha fuerza y eran frontalmente adversarios del Gobierno, casi politizados; creo que ese también era un error. Nosotros fuimos al lugar e intentamos hablar con el Gobierno para pacificar.

El hombre fuerte era Juan Ramón Quintana. Le planteamos varias veces un acercamiento entre las partes, pero lo eludía. Nunca fue amigo del diálogo; quizá por su formación militar apostaba por la confrontación. Murió mucha gente de uno y otro lado. Probablemente contribuimos a frenar algo de la violencia, pero no pudimos evitar la cantidad de muertos.

P  ¿Cuándo dejó de reconocerse en la ilusión que hizo presidente a Evo Morales?

—  Su primera elección fue legítima y yo, como ciudadano, voté por él. La decepción llegó con el tiempo porque Evo Morales se envileció muy rápido en el poder; no solo él, también el Vicepresidente y quienes los acompañaban. Ya se creían dioses. Eso generó un distanciamiento del pueblo y desembocó en una gestión autoritaria y violatoria de los derechos humanos.

“Evo Morales se envileció muy rápido en el poder; ya se creían dioses.”

P  ¿Nunca operó políticamente desde la Defensoría?

—  No. En una reunión con el Presidente y su cúpula se lo dijimos con claridad: a ustedes los defendimos cuando eran dirigentes sociales y campesinos; ahora nos toca defender a la gente que está debajo de ustedes. La Defensoría no estaba para defender ideologías ni tendencias políticas, sino al ser humano.

Si el Gobierno respetaba los derechos humanos, podíamos coordinar políticas de Estado. Pero marcar esa distancia no les gustó: querían controlar toda la estructura estatal y tampoco aceptaban una Defensoría independiente.

EL VETO, LA UMSA Y 2019

P  Álvaro García Linera le propuso volver a postular a la Defensoría.

—  Cuando concluí mi mandato fui a entregar el informe al Vicepresidente, que presidía el Congreso. Me dijo: ‘Tú nos has confrontado e interpelado varias veces, pero era tu trabajo’. Me invitó a volver a postular y dijo que me apoyaría.

P  ¿Qué ocurrió?

—  Volví a postular porque creía importante continuar el trabajo. En la evaluación de la comisión de diputados y senadores gané el concurso con una diferencia de veinte puntos. Correspondía designarme, pero Evo Morales me vetó porque no querían una Defensoría independiente.

P  ¿Desde entonces lo consideraron un enemigo?

—  Sí. No solo porque no me subordinaba, sino porque me consideraban un traidor: yo tenía un pasado de izquierda y, según ellos, debía ser coherente con el Gobierno. Después fui elegido dos veces rector de la UMSA e hice respetar la autonomía universitaria. Eso tampoco les gustó.

P  ¿Qué hizo que usted se convirtiera en un objetivo en 2019?

—  Antes de noviembre denunciamos que no se había respetado el resultado del 21F y cuestionamos las elecciones. Como universidad no quisimos actuar de manera irresponsable: el Consejo Universitario encomendó una investigación a las carreras de Estadística, Informática y Ciencias Políticas. El informe identificó bolsones de fraude y lo entregamos a los auditores de la OEA.

P  ¿Hubo un primer ataque antes del incendio de su casa?

—  Sí. Un hombre que aparentemente me había seguido aprovechó un tumulto y me descargó un fierro en la cabeza. Caí al suelo, quedé inconsciente por unos instantes y desperté sangrando. Hasta ahora no sé quién fue. Terminé en el hospital.

P  ¿Qué pasó el 10 de noviembre?

—  El segundo ataque fue mucho más fuerte y estuvo dirigido contra mi familia. La intención, en mi lectura, era quemarnos vivos dentro de la casa. Minutos antes habíamos salido. Quemaron absolutamente todo: la casa, los muebles y lo que había dentro. Nunca pude calcular cuánto perdimos.

“Hemos perdido todo materialmente, pero no nos van a quitar la dignidad.”

P  ¿Las amenazas terminaron?

—  No. Cada vez que pido justicia por ese caso vuelven las amenazas de muerte. Una vez dejaron una paloma degollada en la puerta de mi casa junto con prendas de mi esposa y de mi hijo que habían sido sustraídas el día del incendio. Era un mensaje muy claro: ‘Sigue molestando y mira lo que te puede pasar’.

EL COSTO Y LA ESPERANZA

P  Visto desde hoy, ¿valieron la pena el fierro en la cabeza y la casa quemada?

—  No en el sentido de justificar la violencia del otro. Diría que valió la pena la lucha y que siempre va a valer la pena, más allá de los costos. Uno tiene que estar preparado para eso. El activismo por los derechos humanos me hizo pasar por el secuestro y por varios intentos de asesinato en distintos gobiernos.

P  ¿Sigue firme?

—  Me mataron tan mal que aquí me tienes todavía: firme en mis convicciones y sin perder la esperanza de que Bolivia pueda consolidar su democracia y convertirse en un Estado donde los derechos humanos sean una cuestión de Estado.

P  ¿Este país tiene salvación?

—  Sí. A pesar de los escándalos de corrupción y del cinismo de muchos políticos, creo en la nobleza del pueblo boliviano: en la gente honrada que se gana la vida trabajando. Por ellos hay que seguir luchando para que, con la bendición de Dios, algún día podamos construir un país diferente.

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