Perspectiva de un momento histórico en el más importante festival musical de Latinoamérica, que pone de manifiesto la continua vigencia de lo vivido en las décadas del ochenta y noventa del Siglo XX
23 de febrero de 2026, Festival de Viña del Mar – Chile. Muchos esperaron con escepticismo la llegada de un grupo británico que fue indudablemente muy popular en las décadas de los ochenta y noventa con su sofisticado sonido pop electrónico, un conjunto conformado por Neil Tennant y Chris Lowe llamado los Pet Shop Boys. Al principio muchos pensaron que sólo era un viaje nostálgico para recordar viejas melodías de un pasado lejano, cuando los de mi generación denominada “X”, teníamos menos años, kilos y preocupaciones, más cabello, vista y esperanzas. Los miramientos de los agoreros quedaron desplomados con lo que sucedió en esa memorable noche.
No cansaremos a los lectores con un cansino relato de la historia de los Pet Shop Boys, su discografía y trayectoria. Las TICs les proporcionarán todos los datos y detalles que se encuentran disponibles en la WEB, baste sólo decir que es el dúo más exitoso de Gran Bretaña, con una carrera de cuarenta años en la música, más de cien millones de discos vendidos a nivel global y muchas canciones que llegaron a los primeros lugares de Reino Unido, Europa, Estados Unidos y Latinoamérica.
Cuando subieron a las tablas de la Quinta Vergara, escenario que se caracteriza muchas veces por tener un auditorio extremadamente exigente y en algunos casos hostil para quienes no cumplen con las expectativas, el dúo británico dio una memorable lección de vigencia y reinvención, recapitulando y reviviendo sus más grandes éxitos con energía renovada, haciendo un uso perfecto e innovador de la tecnología visual y sonora, en un escenario futurista casi extraterrestre.
Empezaron pues, un sistemático repaso de su historia artística, con cada pieza musical exquisitamente remixada pero con la misma frescura y energía de hace cuatro décadas. La voz de Tennant, a pesar de sus setenta y un años, se mantiene intacta y poderosa y la precisión del acompañamiento de Lowe con el uso de sintetizadores, demostró que la esencia de los acordes conocidos podía barnizarse con arreglos nuevos, pero sin perder el espíritu original.
El público de todas las edades quedó cautivado de principio a fin, estas no sólo son canciones inolvidables por su buen ritmo, sino que también tienen simultáneamente letras muy bien elaboradas que llevan a sus oyentes a pensar y reflexionar sobre su significado y mensaje, sin sesgos o intencionalidad deliberada, por lo que no tienen límites generacionales, encontrándose plenamente vigentes y frescas.
La compenetración con la audiencia fue totalmente notoria, Tennant con mucha seguridad y carisma, supo llevar al público a momentos tanto de euforia como relajamiento, un repertorio tan amplio de éxitos les permitió darse la libertad de modular el ritmo con soltura, sin perder fuerza y equilibrio. El escenario montado especialmente para el evento, hacía que Lowe manejase con sus teclados las transiciones musicales y visuales sin mayores sobresaltos, más que los gritos de una audiencia totalmente subyugada y complacida, que cantaba estruendosamente.
Qué diferente hasta las antípodas, al paupérrimo y mediocre desempeño de Adam Levine y Maroon 5 en este mismo escenario el 27 de febrero de 2020, que fue el pobrísimo reflejo de lo que es un grupo prefabricado con muchísimas limitaciones en vivo y particularmente de un vocalista soberbio hasta la estupidez, que no supo cómo manejar a la audiencia, empeorado por sus insultos al público y su mal temperamento, tratando de compensarlo con una patanería reprochable disfrazada dentro del cliché de “estrellita de rock caprichosa”.
La lista de temas de Tennant y Lowe contenía verdaderos clásicos de la época dorada del electropop: “Suburbia”, “Where the Streets Have No Name (Can’t Take My Eyes Off You)”, “Domino Dancing”, “Rent”, “So Hard”, “Left to My Own Devices”, “Heart”, “Always on My Mind”, “New York City Boy”, entre otros inolvidables hits. Muchos tenemos nuestra propia lista y podemos alegar omisiones que responden más al gusto personal, sin embargo, eso demuestra que el repertorio de éxitos de los Pet Shop Boys es tan vasto y extenso en su variedad, que sólo ese lujo puede tenerlo un grupo bajo el rótulo de leyenda.
Y hablando de interpretaciones legendarias, obviamente estuvieron para el final del recital “It’s a Sin” y “West End Girls” que fueron el cénit para conmover a una audiencia que vio satisfechas sus expectativas hasta el paroxismo en algunos casos. La única gran omisión de la noche fue “Go West”, misma que nos enteramos después, está bajo disputa por derechos de autor, siendo por tanto excluida por razones legales. Si esta canción hubiese estado en la lista, metafóricamente el “monstruo” se venía abajo, porque la gente hubiese tenido una catarsis de emoción indescriptible, así lo prueban conciertos precedentes como el del Auditorio Nacional de la Ciudad de México el 14 de noviembre de 2006.
Era obvio que semejante triunfo no merecía otra cosa que los mayores galardones, como son las Gaviotas de Plata y de Oro. Nunca tan bien merecido. Hasta para recibir los galardones, los artistas británicos demostraron educación, humor, gentileza y humildad, notablemente satisfechos y agradecidos a la audiencia. Lowe incluso al recibir la Gaviota de Oro bromeó diciendo que parecía que hubiesen ganado la Copa del Mundo.
Algunos se preguntarán: ¿Por qué pierdes tu tiempo hablando de un tema así? ¿No hay cosas más importantes? La respuesta es muy sencilla, no podemos estar sumergidos perennemente en las infernales, reiteradas y trilladas cantaletas cotidianas de política, corrupción, desastres y conflictos locales. Porque el arte y la música —la buena y de calidad— son universales, en un mundo globalizado y totalmente interconectado por las TICs y estas formas de expresión nos transportan y elevan espiritualmente a espacios superiores al común de la gente.
Además, la satisfacción es mayor porque demuestra plenamente la evidente decadencia musical reinante en nuestro tiempo, porque la pobreza del reguetón hace que la música se haya reducido a balbuceos ininteligibles y frases groseras, increíblemente mediatizadas para auditorios lamentablemente ignorantes, otorgándole fama a alguien tan burdo y absurdo como Bad Bunny, por ejemplo, que de cantante tiene lo que el suscrito escritor tiene de corredor olímpico de cien metros o matemático cuántico.
Los Pet Shop Boys demostraron que lo creado en la década de los ochenta y noventa, por mi generación, la denominada “X”, fue realmente una forma de arte contemporáneo y que su propuesta no sólo se limitó al ámbito musical, sino al carácter visual e inventivo de escenarios que nos transportan a diversos niveles y dimensiones creativas y de contenido, con originalidad e imaginación, sin groserías ni dobles sentidos oscuros y perniciosos, lo que hace que melodías y letras de más de cuarenta años sigan totalmente vigentes para nuevas audiencias.
Este momento triunfal demuestra una vez más que el talento no se obtiene con posturas visuales forzadas e ideológicas impuestas por una agenda, sino por la calidad artística, con una metamorfosis positiva de sus intérpretes, que permite una evolución natural en el tiempo, sin perder la esencia ni espíritu de sus obras.
Los Pets están más rucos y arrugaditos, pero su música no, y aún pueden fascinar a multitudes y reclutar nuevos adeptos; sino pregúntenles a las veinte mil personas reunidas en Viña del Mar y a los más de doscientos cincuenta millones de espectadores a nivel mundial, eso no es poco. Este es un montaje y una construcción artística que los hace verdaderos arquitectos sonoros y leyendas por mérito propio.
Pero más que nada, para dejar en claro que aquellos que crecimos y envejecimos estas cuatro décadas, estamos vivos y aún muy vigentes, que nuestra música es un referente y nuestras manifestaciones artísticas son ampliamente superiores a las actuales que contaminan malsanamente el éter. Y los Pet Shop Boys lo demostraron de manera contundente e inapelable.