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Por: Luis María González

Luis María González es Licenciado en Ciencias Políticas, Máster en Compliance con especialidad en Prevención de Fraude, Lavado de Dinero y Protección de Datos, y MBA, títulos de posgrado obtenidos en EALDE Business School y la Universidad Católica de Murcia (UCAM), España. Es Socio Fundador de theDUEco., firma boliviana especializada en Gobernanza, Inteligencia de Riesgos & Compliance. Con más de 20 años de trayectoria, se desempeñó como Compliance Officer y Director de País en TMF Group y TPC Group, y ocupó la Gerencia General en empresas como CIMAL, Periódico La Prensa, Grupo Unión Columbia y Cellular. Su práctica profesional se centra en Gestión de Crisis, Integridad Corporativa y Estrategia Empresarial.

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Ceguera motivada y miopía moral: el combustible del compliance de papel

«Es difícil hacer que un hombre entienda algo cuando su salario depende de no entenderlo.» Upton Sinclair escribió esa frase en 1935. Sigue siendo la mejor definición operativa de ceguera motivada que existe.

Max Bazerman y Ann Tenbrunsel, profesores de Harvard y Notre Dame, le pusieron nombre técnico al fenómeno de la “ceguera motivada” en su libro Blind Spots: es la tendencia inconsciente a no percibir el comportamiento incorrecto de otros cuando percibirlo iría contra el propio interés. No es complicidad consciente. Es algo más incómodo: el cerebro humano está estructurado para filtrar la información que amenaza lo que valoramos. El bono, la promoción, el cliente estratégico, la cuenta más rentable.

El caso paradigmático no es un delito espectacular. Es Arthur Andersen. La firma de auditoría más prestigiosa del mundo no pudo ver lo que Enron hacía, no porque fuera incompetente, sino porque Enron era su cliente más rentable. Estaban literalmente “pagados para mirar”. Y por eso, estructuralmente, “no podían ver”.

Conviene distinguir ceguera motivada de su pariente cercano, la miopía moral, concepto desarrollado por Minette Drumwright y Patrick Murphy. La ceguera motivada no ve el problema porque verlo cuesta caro. La miopía moral no ve el problema: la cuestión ética simplemente no aparece en el campo visual. Se opera bajo la racionalización clásica que documentaron los autores: «si es legal, es ético». Pero la ley es el piso, no el techo. Confundir uno con otro es el primer síntoma de la miopía.

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@Alain Casanovas tomó estos hallazgos de la ética del comportamiento y los aterrizó en una categoría operativa que conviene grabar: el «compliance de papel». En Cultura de Compliance (Wolters Kluwer, 2018), dentro del capítulo dedicado al factor humano y los sesgos cognitivos, escribe una de las definiciones más precisas que se han hecho del fenómeno:

«La ceguera motivada no es una falta de visión, sino una falta de voluntad de ver; es el mecanismo por el cual el beneficio a corto plazo se convierte en el verdugo de la integridad a largo plazo.»

Esa frase reordena todo el debate. Los programas no fallan por falta de normas; fallan por sesgos cognitivos no gestionados. Códigos firmados sin lectura, capacitaciones medidas en horas y no en cambio de conducta, comités que sesionan sin escalar, matrices que se actualizan en abril y nadie consulta en julio. Eso es compliance de papel.

En compliance, la omisión no es un olvido. Es una decisión.

Lo verdaderamente peligroso ocurre cuando los dos sesgos se refuerzan. La industria deja de ver el problema como problema ético. Y cada persona dentro de ella tiene una razón económica para no verlo tampoco. Ahí desaparece el corrector interno: nadie pregunta «¿esto está bien?» porque nadie tiene incentivo para preguntarlo.

Acá está la incomodidad metodológica: los controles tradicionales asumen que el decisor quiere ver. La ceguera motivada opera antes de esa voluntad. Por eso la ISO 37301:2021 y la ISO 37001:2016 funcionan no porque convenzan a nadie de actuar bien, porque construyen una arquitectura que dota a la organización de un pulso propio, haciendo visible la señal aunque el decisor preferiría no verla: segregación de funciones, escalamiento obligatorio, revisión independiente, canal con protección efectiva, trazabilidad técnica.

Pero la arquitectura sirve solo si genera evidencia. Un manual sin evidencia es literatura de ficción corporativa.

Drumwright apunta a algo que casi ningún programa implementa: necesitamos asesores de confianza fuera de la propia organización, industria o profesión, porque grupos enteros pueden compartir el mismo punto ciego. Un comité de ética compuesto exclusivamente por insiders es estructuralmente miope.

El riesgo más caro no es el empleado que decide mal. Es la persona inteligente, bien intencionada, profesionalmente competente, que sinceramente no vio lo que tenía delante. Porque no podía permitirse verlo.

¿Quién, en tu organización, tiene hoy su compensación atada a no ver algo que tu sistema de compliance necesita que vea?

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Referencias: Casanovas, A. (2018), Cultura de Compliance, Wolters Kluwer, capítulo IV, sección 4.2 «Sesgos cognitivos y cultura de cumplimiento». Bazerman, M. & Tenbrunsel, A. (2011), Blind Spots. Drumwright, M. & Murphy, P. (2004), «How Advertising Practitioners View Ethics», Journal of Advertising 33(2). Recursos abiertos en Ethics Unwrapped, McCombs School of Business, UT Austin.

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