Murió Mariano Baptista Gumucio, el hombre que convirtió la memoria de Bolivia en palabra viva

La muerte de Mariano Baptista Gumucio no cierra una vida: abre, más bien, un archivo vasto, un río de palabras en el que Bolivia ha aprendido a mirarse durante décadas. Intelectual, periodista, político y, sobre todo, incansable difusor de la cultura, Baptista falleció hoy a los 92 años dejando tras de sí una obra monumental y una huella difícil de dimensionar en su totalidad.

Su partida provocó una inmediata reacción en el ámbito político, cultural e intelectual. En sus redes sociales, el expresidente Carlos Mesa Gisbert lo despidió con palabras que sintetizan una trayectoria singular. “Nadie en nuestra historia ha hecho más por la difusión de nuestra cultura que Mariano”, afirmó, al destacar su capacidad para rescatar voces, textos y memorias sin prejuicios ni distinciones.

Mesa recordó además la influencia personal que tuvo la obra del intelectual. Citó, entre otros, el libro “Este país tan solo en su agonía”, al que describió como un texto que lo marcó profundamente por su mirada crítica sobre Bolivia, vigente hasta hoy.

Mariano Baptista Gumucio nació en Cochabamba el 11 de diciembre de 1933, según datos de la Asociación de Academias de la Lengua Española, institución de la que fue miembro de número desde 1974.

De acuerdo con esa misma fuente, estudió Derecho en la Universidad San Francisco Xavier de Sucre y en la Universidad Mayor de San Andrés, y realizó estudios de posgrado en el City of London College.

Su pensamiento estuvo atravesado por una preocupación central: la educación. Fue ministro de Educación en tres ocasiones —en los gobiernos de Alfredo Ovando Candia, Walter Guevara Arze y Jaime Paz Zamora—, desde donde impulsó políticas para combatir el analfabetismo y promovió la creación del Banco del Libro, el Instituto Nacional del Folklore y la Revista Nacional de Cultura, según detalla la Asociación.

En su obra escrita, títulos como “Salvemos a Bolivia de la escuela” y “La educación como forma de suicidio nacional” reflejan, como también subrayó Carlos Mesa, una crítica profunda a un sistema educativo que consideraba rezagado y estructuralmente problemático.

El hombre de Estado y su cercanía con la familia Paz

La trayectoria pública de Baptista estuvo vinculada a momentos clave de la historia boliviana. Según Asociación de Academias de la Lengua Española, fue secretario del presidente Víctor Paz Estenssoro entre 1953 y 1956, una etapa que marcó su formación política e intelectual.

Esa cercanía con el entorno del líder de la Revolución Nacional lo situó en el núcleo de decisiones históricas y le permitió comprender, desde dentro, las tensiones del poder.

Posteriormente, ocupó diversos cargos diplomáticos y políticos: fue embajador de Bolivia en Estados Unidos (1982-1985), ministro consejero en las embajadas ante la Santa Sede e Inglaterra, y candidato a la vicepresidencia del país, entre otros roles.

En el ámbito periodístico, Baptista desarrolló una labor decisiva. De acuerdo con la Academia Boliviana de la Lengua, dirigió el vespertino Última Hora entre 1972 y 1982, donde fundó la revista Semana y la Biblioteca Popular, una iniciativa que permitió difundir obras de autores bolivianos a gran escala.

Carlos Mesa recordó precisamente esa etapa en su blog, como una de las más influyentes, al destacar su capacidad para abrir espacios de pensamiento plural, incluso en contextos adversos.

Asimismo, fue gerente de Canal 7 y creador del programa “Identidad y magia de Bolivia”, un proyecto televisivo que —según diversas valoraciones— extendió su labor de rescate cultural al lenguaje audiovisual.

El tejedor de memorias

La dimensión intelectual de Baptista se caracterizó por su vocación de recopilador. Su obra —que supera el centenar de libros, según la publicación de Carlos Mesa— se centró en rescatar textos, autores y episodios fundamentales de la historia boliviana.

Mesa subrayó que “nadie como él para excavar en archivos” y reconstruir, a partir de fragmentos, una narrativa amplia del país. Ese método fue una de sus principales contribuciones al pensamiento nacional.

Tras conocerse su fallecimiento, las redes sociales reflejaron una dimensión más íntima del intelectual. El periodista Sandro Velarde Vargas lo describió en sus redes sociales, como “una de esas figuras raras en la vida pública boliviana”, destacando su capacidad de transitar entre la política, la historia y el pensamiento.

“Mariano no era solamente un hombre de ideas: era también un hombre de conversación, de memoria lúcida y de curiosidad permanente por el país”, escribió, al evocar su cercanía personal.

Velarde también resaltó su formación temprana y su vínculo directo con episodios históricos del país, así como su convicción de que la política debía estar ligada a la cultura.

“Desde muy joven estuvo cerca de los grandes momentos de la historia nacional. Ser secretario Privado del presidente Víctor Paz Estenssoro no fue simplemente un cargo en su biografía; fue la puerta de entrada a la comprensión directa de los procesos que marcaron a Bolivia en el siglo XX. Mariano no fue un espectador pasivo de la historia: fue un observador atento y un intérprete crítico de ella. Estuvo a los 16 años siendo testigo, en la Plaza Murillo del fatídico colgamiento del presidente Gualberto Villarroel. Al haberse ‘chachado’ del colegio”, escribió Velarde en su cuenta en Facebook.

Por su parte, el Museo Casa de la Libertad expresó sus condolencias institucionales y lo reconoció como un “eminente personaje boliviano” y benefactor de esa entidad cultural.

La muerte de Mariano Baptista Gumucio deja una sensación paradójica: la de una ausencia que amplifica su presencia. Su obra —hecha de libros, archivos, proyectos editoriales y memoria— permanece como un testimonio vivo.

Como afirmó Carlos Mesa, su legado es “un ancho río del que podemos beber hasta saciarnos”. En un país donde la memoria suele fragmentarse, Baptista dedicó su vida a reconstruirla. Y en ese esfuerzo dejó algo más que una obra: dejó una forma de entender Bolivia.

// ABI

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