En las aburridas y antipedagógicas horas cívicas, siempre se dice que las instituciones son importantes. Las personas pasan. En todos los discursos de ocasión también se repite este verso demagógico. Pero en una realidad como la boliviana, donde existe casi nada de institucionalidad, son las personas las que marcan diferencia y época. Es decir, en Bolivia las personas son más importantes que las instituciones.
Lamentablemente nuestras instituciones, que nada tienen de modernas, poco tienen de sostenibilidad y muy poco ofrecen a su pueblo en términos de eficiencia y eficacia. Lo poco que ofrecen es precario, rudimentario, antihumano. Ofrecen maltrato y lentitud hasta la muerte. En ese laberinto del sufrimiento, las personas son las que hacen la diferencia. Es decir, aquellos profesionales que realmente se ponen la mano al pecho, y son conscientes de las necesidades cotidianas, reales, ciertamente hacen algo por la Patria. Y a pesar de la precariedad institucional los profesionales conscientes salvan a la institución.
Pues sí, en Bolivia las personas concretas son la clave del funcionamiento institucional. Si un buen profesional se va de las estructuras institucionales, Bolivia pierde mucho. El país pierde mucho y el pueblo llano pierde demasiado.
Por tanto, aquello de que las instituciones quedan y las personas pasan no funciona en Bolivia. Es una ilusión colectiva, consciente e inconsciente. En Bolivia las personas definen a las instituciones, para bien y para mal. En Bolivia las personas son la clave del éxito en la marcha de las instituciones. Y también en lo negativo por supuesto.
La construcción de Estado, la construcción de institucionalidad es el examen más complicado que aún no hemos vencido en nuestra historia. Los tiempos cambian, los discursos cambian, las ideologías pasan; nuestras instituciones siguen nomás como herederas de lo más atrasado y retrasado de los siglos XIX y XX. Seguimos siendo motivo de especulaciones y estudios de antropólogos y sociólogos de todo el mundo.
Pero también en la sociedad, el rotundo fracaso de las instituciones es el pan cotidiano. Desde la conformación de empresas privadas, que no tenemos con sus excepciones, pues todos quieren vivir del Estado sin hacer inversiones reales en el país. Es decir, sin generar fuentes de empleo de calidad y después progreso y desarrollo. Es cierto que la corrupción del Estado impide el desarrollo del mundo empresarial; pero es cierto también que no tenemos capital humano para el emprendimiento y la cultura empresarial.
Ese monstruo del Estado, que no es Estado, acapara todo el ámbito de la economía en Bolivia. Lo demás es el mundo de la incertidumbre, de las economías informales que increíblemente funcionan en Bolivia. Entre lo irracional, lo corrupto, la sobrevivencia como cultura boliviana, la capacidad de sobre ponerse a todo lo terrible, porque no hay institucionalidad en nuestras costumbres.
Mirando en el espejo del pasado, nuestro país no ha crecido ni en población y menos en economía desde la fundación, en comparación de los demás países de la región. Aspecto que debería llamarnos la atención. Por supuesto, somos el más conflictivo y caótico. Sin principio de autoridad, sin estrategias de sociedad y menos sin estrategias de Estado. Pero increíblemente funcionamos. Cierto, en la inercia y en medio de las promesas de todos los tiempos, de todos los deseos y sueños de los políticos, que terminan en fracasos pues no hay institucionalidad alguna que haga sostenible cualquier deseo de utopía. Somos nomás un buen motivo de investigaciones para los científicos de toda laya.
Ya muy adentro en el siglo XXI, cuando la gran mayoría de nuestros vecinos han aprovechado la modernidad y sus ventajas, nosotros no somos modernos sino de discursos y copias mal hechas en todos los temas posibles. Algún momento al menos optemos por entrar a la modernidad, a pesar de sus pesares, para organizar instituciones sostenibles y reales en el largo tiempo y espacio.
Los fracasos políticos muy pocas veces nos han motivado a cambiar en serio. El rito folklórico es que repetimos los errores, no tenemos memoria, tenemos nostalgia del sufrimiento y preferimos repetir errores hasta el cansancio mismo. Y como no tenemos historia de la institucionalidad, pues se acude a las personas para resolver temas estructurales.
En Bolivia son las personas, las claves del funcionamiento institucional. Con los peligros que eso acarrea en el tiempo: caudillismos, dictaduras, totalitarismos ideológicos de todos los colores del espectro político. La modernidad sigue esperando su oportunidad en Bolivia, sus instituciones son premodernas, o ancladas en los siglos XIX y XX que no han tenido la suerte de saltar a la modernidad.
En los extraños procesos bolivianos, mezcolanza de demasiadas cosas al mismo tiempo, no hemos sido capaces de construir instituciones sólidas y solventes en el tiempo. Incluso nuestras leyes no sirven para nada, porque están al arbitrio de las personas, a la interpretación absoluta de quiénes no entienden ni tienen cultura institucional.
Sin embargo; tenemos la enorme necesidad de institucionalidad. El desorden, el caos y la ausencia del principio de autoridad como cultura general del boliviano, es producto directo de la ausencia de institucionalidad. Es decir, es muy grave y afecta a la convivencia total de los bolivianos.