32 años después de su último Mundial, Bolivia aún carga con la “obligación de perder” retratada por Eduardo Galeano

32 años después del Mundial de 1994 y habiendo quedado a un paso de volver al Mundial, resurge lo escrito por Eduardo Galeano en su libro ‘El Fútbol a Sol y Sombras’: “Bolivia y su obligación de perder”.

En su texto, Galeano retrata lo ocurrido en 1994, cuando la Verde jugó, por primera vez por mérito propio, un Mundial y el recordado debut ante Alemania, en ese entonces la vigente campeona.

Sin embargo, también retrata cómo, muchas veces, Bolivia es su propio rival por el peso que carga por una historia que, al menos en el fútbol, le ha dado más tristezas que alegrías.

Y es que en su texto, Galeano relata que en ese debut del Mundial, Bolivia “gozaba” y Alemania “corría”. La Verde era más, pero fue ahí que le pasó lo peor. Un error – o accidente- fortuito de Carlo Trucco – que se resbaló al ir en busca de un balón dividido- y una expulsión de Marco Etcheverry – cuando recién ingresaba a la cancha- marcaron el destino de la Verde.

“Y entonces, Bolivia se desmoronó, arrepentida de haber pecado contra el destino que la obliga a perder, como si obedeciera a quién sabe cuál secreta maldición venida del fondo de los siglos”, señala el autor.

Hoy, 32 años después y tras haber perdido en la final del ‘repechaje’ al Mundial 2026, las palabras de Galeano vuelven a tomar sentido.

Y es que Bolivia fue superior a Irak, mereció ganar y volver al Mundial, pero no pudo contra su propia ineficacia, nerviosismo e historia. Vio caer su arco en los únicos dos ataques rivales y no pudo aprovechar las ocasiones creadas. Tuvo el protagonismo, pero no la eficacia. Buscó ir en contra de su “maldición”, pero nuevamente le faltó el centavo para el peso.

Recuerda el texto de Eduardo Galeano:

Para la selección de Bolivia, ganar la clasificación para el Mundial del 94 fue como llegar a la luna. Este país, acorralado por la geografía y maltratado por la historia, había estado en otros Mundiales, pero siempre por invitación, y había perdido todos los partidos con ningún gol a favor.

La tarea del técnico Xabier Azkargorta estaba dando frutos, y no solo en el estadio de La Paz, donde se juega sobre las nubes, sino también al nivel del mar. El fútbol boliviano demostraba que la altura no era su único gran jugador, y que bien podía quitarse de encima el complejo que lo obligaba a perder los partidos antes de que empezaran. En las eliminatorias, Bolivia se lució. Melgar y Baldivieso, en el medio campo, y adelante Sánchez y sobre todo Etcheverry, llamado «el Diablo», fueron aplaudidos por públicos diversos y exigentes.

Quiso la suerte, la mala suerte, que a Bolivia le tocara inaugurar el Mundial enfrentando a la toda poderosa Alemania. Pulgarcito contra Rambo. Pero ocurrió lo que nadie hubiera podido prever: en lugar de encogerse, asustada, en el área chica, Bolivia se lanzó al ataque. No jugó de igual a igual, no: jugó de mayor a menor. Alemania, desconcertada, corría, y Bolivia gozaba. Y así fue hasta que, a cierta altura del partido, el astro boliviano Marco Antonio Etcheverry entró en la cancha y un minuto después lanzó una absurda patada a Matthaus y se hizo echar. Y entonces, Bolivia se desmoronó, arrepentida de haber pecado contra el destino que la obliga a perder, como si obedeciera a quién sabe cual secreta maldición venida del fondo de los siglos.

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