Opinión
Henry Arancibia Fernández
15/03/2018 - 16:52

El Óscar fue para la mejor película

(¡Alerta de spoiler!)

¡No! Este artículo no se refiere a la fantasía cursi de Guillermo del Toro y su predecible forma del agua. Mi narración describirá una interpretación personal sobre la que fue, en mi despistada opinión sobre el séptimo arte, la mejor película entre todas las nominadas a la última edición de los Óscares. Una película que estremece por explorar los rasgos mezquinos y bien camuflados de la sociedad; un film realista, a veces dramático aunque no completamente trágico; la historia escondida de una realidad que enfrentamos como seres racionales al toparnos de golpe con nuestra sexualidad. Una narración hecha en suelo sudamericano (Chile), pero expone también un fenómeno que puede estar ocurriendo a metros de tu casa… Una mujer fantástica.

Vuelvo a advertir: mi conocimiento en cine no es de los mejores y, por tal motivo, no pretendo hacer una crítica tecnicista acerca de los efectos especiales, la astucia del director, el manejo de planos y demás. Para que quede claro: exquisitos snobs de la cinefilia, por el bien de sus intocables parámetros de juicio, absténganse de tomarme en serio.

Hecha la advertencia continúo: Una mujer fantástica cuenta la historia de Marina, persona transexual, quien alguna vez fue lo que la regencia sexual binaria llama “varón”, hasta que decidió vestir sostén, maquillaje, faldas y todo aquello que el aparato vendedor de indumentaria asigna para la categoría “mujer”. Su vida no parece tener dificultad alguna, pues se acomoda a ciertos parámetros sociales comunes como tener una relación sentimental con un hombre no trans, un trabajo de mesera y ser cantante a medio tiempo.

Esa regularidad afectiva y laboral mantiene a Marina estable, tanto en lo emocional como en lo económico, pero todo entra en conflicto con la muerte de su pareja. El mismo con quien compartía casa, auto, sexo, amor anticonvencional y una vida aparentemente alegre. Entonces, a partir de la inconveniente crisis, muy típica del post mortem de un ser querido, el mundo le muestra su verdadera cara y surgen los verdaderos detractores de la condición trans de Marina.

En ese punto de la película comprendo una especie de metáfora, puede que solo sea mi interpretación accidental, algo no planeado por el director. Pues, en mi condición de espectador percibo a la muerte de la pareja de Marina como la muerte, al mismo tiempo, de su lado normalizador y masculino. En otras palabras, cuando muere la pareja de Marina, ella rompe el último vínculo que le quedaba con la regulación heterosexual: aparentar ser la mujer, aunque sea trans, de un varón que vestía camisa, pelo corto y era padre de familia. Vale decir, se quiebra la reproducción de ese rol de pareja que une a un categorizado hombre con una categorizada mujer.

Como resultado de lo anterior, Marina aparece de pronto en un ring y su primer combate la enfrenta con los negacionistas de su forma de proponer amor. Esta vez, la protagonista es un ser humano en condición de viudez a quien se le niega el derecho de doliente porque la sociedad se resiste a comprender quién es, más allá del ser “hombre” o “mujer”; “macho” o “hembra”.

El siguiente enfrentamiento de Marina será contra la institución social de la familia. Primero será la ex esposa del difunto y luego todos sus parientes. La situación exhibe a un trans solitario, completamente despojado de lo héteronormativo, en situación de amenaza por haber amado a un hombre con hijos. Marina parece la malvada que mató a un padre, aunque, en realidad, los y las parientes del muerto desprecian a Marina por haber descubierto la sexualidad oculta de un antiguo marido. El mismo que, voluntariamente, abandonó a quienes fueron su esposa, hijos e hijas.

Los otros dos poderes que intimidan a la protagonista son menos abstractos, pues tienen representación física: la policía con sus oficinas y la medicina con sus hospitales. En primera instancia, Marina es sospechosa de haber matado a su pareja y, con tal pretexto, agentes policiales le obligan a identificarse con un género al cual no pertenece. Sus tácticas incluyen preguntas o, incluso, un degradante examen físico con fines coercitivos, pues la desnudan en la estación policial para que exponga sus genitales y admita ser, a partir de un pene o una vagina, algo con lo que Marina no se identifica. Para tal humillación se juntan doctores y detectives, forenses y carabineros.

A esta altura, la tortura psicológica en contra de Marina es innegable. El abuso parte de instituciones sociales, las cuales actúan como brazos de una institución mayor mal llamada “Estado democrático”. Es decir, el Estado que reparte su poder y autoridad a través del control del sistema de salud, la vigilancia policial y la protección de la familia ejerce una fuerza oculta en contra de personas cuya sexualidad explora lo diverso.

Por suerte, Marina es extremadamente fuerte y, así como la muerte de su pareja puede representar su completo alejamiento de la heteronorma; el ver la incineración de su ex pareja, tal y como ocurre en una de las escenas, puede significar su frontal postura de cómo erradicar su vínculo con lo hétero reivindica su propuesta sexual trans. Por eso, a partir de la escena en la que el horno hace cenizas el cuerpo de su última pareja, la vida de Marina parece adquirir un giro emocional. Sus días se convierten en un proceso de duelo que vive desde su condición trans, ahora fortalecida al comprobar que no hay sistema capaz de vencer las propuestas sexuales independientes.

La película explora todo lo “normal” y lo cuestiona desde lo sexual, desde lo diverso. El guión logró exponer cómo un ser sexualmente distinto deja en evidencia los abusos de poder típicos de las sociedades “civilizadas” y “democráticamente” gobernadas. Va más allá de lo romántico y del típico final feliz para comunicar los modelos de valentía que el héteropatriarcado censura mediante sus instituciones normativas.

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