Opinión
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Amaru Villanueva
25/01/2018 - 09:37

Clases medias en disputa

En una dimensión paralela a las calles y plazas del país, presenciamos una confrontación en la que se viene derramando tinta y alborotando pixeles. El premio: adjudicarse los sentidos y sujetos que orbitan en torno a eso que llaman “clase media”. Hace un par de semanas el Expresidente Carlos Mesa se refirió a ésta como un “espacio idealizado” y “el interlocutor más importante de Bolivia”. Por su parte, el vicepresidente Álvaro García Linera publicó un artículo en el cual veía en las protestas sociales recientes la “asonada de una clase media en decadencia”. En el último mes se suman a este intercambio un editorial en El Deber, un artículo en El País y un par más en Página Siete, sin contar un puñado de artículos con datos de encuestas y composición social, ni la caricatura que el dibujante Al Azar le dedicó al tema. Es previsible que frente a esta oleada de definiciones, diagnósticos y posiciones quedemos un tanto perplejos ¿entendemos mejor a la supuesta clase media de la que hablan? No me concierne sumarme a esgrimir los contornos de clase media, o disputar el grado en el cual variantes de este grupo protagonizan las recientes protestas sociales. Me interesa por sobre todo resaltar el grado en el que la categoría misma de clase media, con sus proyecciones, sujetos reales e imaginados, es un nuevo escenario de disputa ideológica de cara a las elecciones de 2019.

Un compendio reciente de Ezequiel Adamovsky contabiliza 150-200 definiciones de la clase media. ¿En qué se basan? La dimensión tradicional del concepto de clase ha sido materialista y laboral, pero en tiempos más recientes se ha definido también en base a aspectos culturales, aspiraciones comunes y sistema de valores compartidos. Sin embargo las definiciones contemporáneas dominantes provienen de una vertiente económica, y se definen como el segmento entre los umbrales bajos (línea de la pobreza) y altos (élites) en términos de ingreso.

Esta conceptualización nos dice al menos tres cosas. Primero, que al equiparar al estrato medio de ingresos (como categoría económica), con la clase media (como categoría sociológica), se mezclan dos conceptos colindantes pero distintos. Segundo, que la llamada “clase media” es una categoría residual, producto de una resta aritmética entre dos segmentos con definiciones menos controversiales. Tercero, que aun si por coincidencia la clase media se pudiera inferir a partir del estrato medio de ingresos, éste es tan grande y heterogéneo que sería casi imposible concebirlo como una categoría coherente.

En Bolivia, el segmento de ingresos medios llegó al 56% en 2016, e incluye a todas aquellas familias que tienen un ingreso por persona superior a Bs 781,6 por mes (en el caso urbano). Es decir, clase media incluye a todos los trabajadores formales (incluso la mayoría de quienes ganan el salario mínimo), así como a un buen número de los llamados informales, con ingresos moderados. Taxistas, empleadas, arquitectos, albañiles, revendedores, abogadas, curanderos. Bajo esta óptica más de la mitad del país pertenece a esta “clase media”, sin decirnos absolutamente nada acerca de las sensibilidades o intereses compartidos de este vasto segmento.

Pero más allá de cualquier definición antojadiza, podría ser de interés entender cómo las personas se identifican a sí mismas. De acuerdo a la Encuesta Mundial de Valores de 2017, más del 69% de la población se identificaba como perteneciente a la clase media; entre alta (24%) y baja (45%). Si se trata de esclarecer algo, desafortunadamente con esta definición nos va peor. Una cosa es que el encuestado elija una opción de una lista y se sitúe más o menos al medio. Otra cosa muy distinta es que internalicen la categoría, la invoquen de manera espontánea, y la usen para generar afinidad con otras personas en base a intereses comunes.

Más de una vez el presidente Evo Morales se ha referido a la clase media, citando a Sergio Almaraz, como una “clase a medias”. Más allá de la ironía del Presidente, su visión delata una postura tradicional en la izquierda latinoamericana, de desconfianza frente a este segmento, que en las últimas semanas parecería devenir en un antagonismo oficialista frente a la clase media imaginada. En una publicación reciente, Hernán Vanoli realiza un breve inventario de las percepciones desfavorables de la izquierda argentina frente a la clase media, a la que comúnmente tildan de “arribista e insincera, cipaya y traidora, acomodaticia y discriminatoria, impotente y mediocre, alienada y banal”. En Bolivia, donde la clase media no es un estrato tan consolidado como en el país vecino, la valoración parece ser similar.

En su artículo, el vicepresidente Álvaro García Linera matiza este clásico prejuicio al plantear que la clase media no es una sola. Sin embargo creo que se equivoca en pensar que hay una clase media ascendente y otra decadente (como categorías discontinuas), enfatizando el crecimiento de la primera, y atribuyéndole a la segunda tendencias reaccionarias. Considero que asumir que el ascenso de una significa el desplazamiento de otra, es una media verdad. Sería el caso si fuera una suma cero; una contienda en la que dos bandos se estarían disputando la misma tajada de un pastel. Pero en la medida que ha existido crecimiento económico sostenido en el país, esto ha permitido el ensanchamiento del estrato medio de ingresos sin implicar desplazamiento. Lo que sí es posible es que cuando el nivel de ingresos deja de marcar privilegios, esto puede hacer que muchos se sientan desplazados. El ya no poder contratar a una empleada doméstica, o percibir que un barrio o una universidad privada ya no es dominio de un grupo socialmente diferenciado, ciertamente puede reavivar pulsiones racistas.

Aquí va una hipótesis, cuyas variantes han ensayado personas con diversas posiciones ideológicas. El 2005 era posible convocar a grandes segmentos de la población con consignas anti-neoliberales, anti-imperialistas, y anti-oligárquicas. El país ha cambiado significativamente en términos simbólicos y materiales en estos 12 años. Sean o no de clase media (o como queramos llamarlos), quienes han salido de la pobreza empiezan a generar expectativas que van más allá de sus necesidades básicas, o su emancipación frente al viejo sistema político y económico. Es posible que quieran un televisor plasma, un automóvil, o ir al cine los fines de semana con su familia. Creo que no corresponde caricaturizar en ellos, hipócritamente, una tendencia consumista, cuando en realidad se trata de una nivelación social a través del mercado: buscan tener lo que acaso ya tienen los demás. Más allá de utopías y retórica en torno al Vivir Bien, por lo general a los estratos ascendientes todavía les interesa “vivir mejor”. Sus demandas nuevas serán satisfechas en el mercado y en el espacio social, no necesariamente desde el Estado, y menos a partir de consignas recicladas de un momento en que el país era otro. El problema para el MAS, y cualquier otro partido que vaya a disputar las siguientes elecciones, es que más allá de un manejo prudente de la economía y un bajo nivel de interferencia en sus actividades económicas, parecen no existir muchas propuestas que ofrecerle a este segmento. Los nuevos miembros de la “clase media” no son del MAS ni de la oposición: estimo que velarán por mantener la estabilidad material de su trayectoria en ascenso, antes que inclinarse por consignas ideologizadas.

Cuando una familia satisface sus necesidades básicas de alimentación y vivienda, una de las primeras cosas que hace con su ingreso restante es acudir al mercado para la provisión de servicios en salud y educación. Me aventuro a decir que más allá del ingreso, el enviar a los hijos a un colegio particular, o hacerse atender con un médico privado, son importantes diferenciadores de ascenso social. Ahora bien, el momento que acuden al mercado, estas familias pierden un incentivo fundamental para participar en demandas colectivas orientadas al bien común. Parecería más bien que buscarán desmarcarse del Estado, al ya no sentirse beneficiarios directos de la provisión pública de servicios. En otras palabras, quienes salieron de la pobreza en los últimos 12 años paradójicamente podrían terminar convirtiéndose en votantes escépticos frente al gobierno, a menos que el oficialismo renueve sus tradicionales consignas y encuentre maneras de sintonizar con las nuevas demandas del segmento.

Concuerdo parcialmente con Carlos Mesa que la vida urbana de clase media captura buena parte de las aspiraciones sociales de sectores en ascenso. Pero me parece que el Expresidente aún transita un imaginario del país que simplifica la transformación social en curso. Nos remite a un único mestizaje como mínimo común denominador de casi toda la ciudadanía, eliminando gradaciones significativas de pertenencia e identidad. Caracteriza a la clase media también como unívoca, ignorando que su composición heterogénea también genera una diversidad de posturas. Atribuirle a un conjunto tan amorfo una determinada tendencia de voto, o un respaldo categórico a las protestas que encabezaron los médicos, parecería proyectar sobre la clase emergente su propia postura política e identidad de clase. Pero al concebir a la clase media como “depositaria mayor de los valores democráticos y árbitro del destino electoral”, comete un error equiparable al que comete el oficialismo al antagonizar a la clase media. Entre líneas parece decir que los sectores populares y pobres que no son parte de esta clase media, son antidemocráticas y hasta políticamente irrelevantes. Amin Maalouf percibió que en la historia de la humanidad “la afirmación del uno ha significado siempre la negación del otro". Usar una clase social como bandera, a exclusión de las demás, es caer en esta trampa.

La lectura anti-oficialista corre el riesgo ser presa de su propia ilusión de tener asegurado el voto de “clase media”, sin mirar las diferencias y tensiones que existen en este segmento heterogéneo, e ignorando a los sujetos quienes históricamente han marcado el destino político del país. El riesgo para el gobierno de cara a las siguientes elecciones, es posicionar como adversario político a un grupo en construcción que podría llegar a incorporar a dos terceras partes del electorado. Aun percibiendo dentro de ella gradaciones, no olvidemos que la pertenencia de clase es aspiracional, y por tanto es previsible que las llamadas clases ascendentes busquen parecerse a las tradicionales. La clase media, tal como se la viene imaginando, es criticada por unos y apropiada por otros. Pero como nos recuerda Vanoli, de algo no cabe duda: a pesar de sus diferencias, en el momento de las campañas políticas, todos rogarán por su voto. Definir los supuestos contornos de la clase media, o pretender apropiarse políticamente de ella no servirá de mucho a la hora de disputar las siguientes elecciones. Quienes quieran disputársela deberían estarse preguntando: ¿Qué gama de actores son miembros accidentales de este club sin membresía? ¿Cómo se imaginan y proyectan en relación al país? ¿Cuál es la diversidad de sus demandas más allá de la falsa dicotomía entre continuidad y ruptura?

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