La espada en la palabra
Ignacio Vera Rada
12/10/2017 - 12:54

El himno de Mateo Montemayor

Se podría decir de esta novela lo que se puede decir del Nayjama: difícil, casi imposible de catalogar en ninguna clasificación literaria; una de las más voluminosas novelas bolivianas, pertenece esta obra singular al genial autor del Thunupa. Lágrima, grito, carcajada, indignación y canto a la vida, Mateo Montemayor es una novela integral, porque la novela es el género que puede contener al mismo tiempo crítica, reflexión, ensayo, narración, autobiografía, fantasía desmesurada y realismo puro. Y todo eso es este libro. Y es por la calidad literaria de la obra, como por la profundidad de asuntos que aborda, que es de lo mejor de la novelística latinoamericana.

Quien escribe esto ya había escrito antes algo sobre este libro, pero le pareció haber pasado por alto algunas cosas que las dirá ahora. Fernando Diez de Medina no solamente es un americanista, un telurista, es también un conocedor de las fibras más sensibles e íntimas del ser humano, como debe ser todo buen escritor. Incomprendido en su tiempo, Diez de Medina saboreó los amargos acíbares de la soledad y la tristeza. Gustaba de Mozart, de Goethe, de Dante, de Tamayo, de Khayyam, de Séneca. Su pluma era clásica y romántica, apolínea. ¿Por qué los seguidores de los maestros son relegados al campo de la soledad, como lo fueron los mismos maestros? Quizá porque el gran arte no es para todos, y pertenece a un tiempo que está por venir.

Mateo Montemayor, que es el autor de la novela bajo el pseudónimo que da título a la obra, es un escritor, un político en potencia y un embelesado de Gradiva. Varios de los pasajes más bellos del libro son los que están referidos a la labor del escritor, porque subir, afirmar un nombre, abrirse paso, no es sencillo. He aquí algunos:

“…no tengo dónde publicar y para hacerlo debo suplicar. […] Finalmente los comentarios mordaces o el silencio”. “Todavía no aprendiste que el escritor debe hacerse perdonar su talento como la mujer su belleza. Lo sobresaliente hiere. Aprende a callar un tiempo; después serás acogido sin recelo”. “La única forma noble de venganza: superarse. Escribe cosas más hondas y más bellas. No hay desquite mejor, porque ellos te leen, te admiran en silencio, aunque te muerdan vocingleros”. “Ten confianza: cuando nadie recuerde los nombres de tus envidiosos, todavía se hablará de ti”. “Todos buscan ser leídos, interpretados; prefieren la crítica adversa al silencio. […] [El escritor] esclavo vive de verse y repetirse en el cristal de las aguas que lo multiplican para millares de lectores”. “Porque excepción hacha de los contados triunfadores, nadie sabe la carrera de obstáculos que antes de publicar algo debe vencer el hombre de letras […] A veces la tendida espera, el ruego insistente, la lisonja astuta, hasta la humillación para obtener el derecho de ser reproducido por el registro de los linotipos”. “La tierra insular te impide proyectarte hacia el planeta, pero llegará tu hora. No lo dudes”. “… ¡qué duro, qué ingrato es persistir en una vocación de escritor en nuestra naciente Sudamérica!”. “Es así. La selva continental de las letras oprime, asfixia. Lucha con ella, pero lucha con nobleza. Un día bosque y maleza desaparecerán, y cuando tu cuerpo se esté disolviendo en la tierra materna, tus creaciones literarias crecerán como árboles jóvenes y erguidos en la comprensión de los que vendrán”. Y, finalmente: “Si no cargaras tu madero, no serías digno de hablar a los hombres”.

Ése es el sino trágico del escritor, del artista; y ése es también su laurel.

¡Oh Dios mío, cuánta verdad!

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