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Roberto Ossio Ortube
09/07/2019 - 22:36

La Galería de los Espejos: Cien (100) Años del Tratado de Versalles

En 1919, un siglo atrás, las Potencias Aliadas vencedoras impusieron a Alemania tras su derrota en la Primera Guerra Mundial, la firma del controversial Tratado de Versalles, que sólo fue el inicio de mayores conflictos durante todo el Siglo XX.

SOLDADOS CON MÁSCARAS DE GAS : El horror de la guerra de trincheras fue plasmado por diversos artistas, siendo este uno de los más impresionantes que fue pintado por Jules Emile Zinng

Entre 1914 a 1918, transcurrieron cuatro años de una brutal matanza, donde las ametralladoras, la artillería, los gases venenosos, los lanzallamas y las ofensivas para cubrir el parte diario por míseros metros de avance, habían segado la vida de aproximadamente diez (10) millones de soldados y herido a más del doble, quienes vivieron un infierno en medio del barro, las ratas, el hambre, la sed y la muerte de las trincheras. Firmado el armisticio en el bosque de Compiegne el 11 de noviembre de 1918 que daba fin al mayor conflicto bélico hasta ese momento conocido, las Potencias Aliadas estaban decididas a que los derrotados, particularmente Alemania, pagasen los gastos de la guerra y la desolación provocada.

 

Desde un primer momento trató de evitarse que París fuese la sede para la conferencia de paz, sin embargo Georges Clemenceau, el primer ministro francés, insistió con vehemencia que se celebrase allí y quizás tenía sobradas razones que justificaban su tozudez: Francia había sufrido lo indecible, una de cada dos mujeres llevaban luto, una cuarta parte de los hombres en edad militar, es decir un millón quinientos mil soldados habían muerto en combate, más de cuatro (4) millones habían sido heridos, todo el territorio noreste del país fue destrozado y sus riquezas saqueadas, con sitios que se encontraban tan envenenados por los gases tóxicos y los restos de la artillería que eran prácticamente inhabitables. Lo mínimo que debía esperarse para semejante sacrificio, era que se borre la afrenta de 1870 que implicó no sólo la pérdida de las provincias de Alsacia y Lorena, sino que el Kaiser Guillermo I se coronase Emperador de Alemania en la Galeria de los Espejos del Palacio de Versalles, después de la victoria germana en la Guerra Franco Prusiana.

David Lloyd George, primer ministro británico, hombre de clase media, hábil político además persona bastante pragmática, no podía desoír a su pueblo y estaba decidido a cobrar cuentas a esa Alemania jadeante, que, según percepción de la mayoría de la opinión pública británica, había llevado a la hecatombe a medio mundo y le había costado a Gran Bretaña casi un millón de muertos, dejándola exangüe y casi en la bancarrota, con su marina diezmada por la inmisericorde guerra submarina. A ellos se sumaba el presidente de los Estados Unidos Woodrow Wilson, quien, desde el ingreso a la guerra de su país en 1917, había abogado por una agenda de “Catorce Puntos” que hablaban de justicia y autodeterminación, sin embargo, el desarrollo de la contienda hizo que la idealidad de sus postulados se derrumbase por el peso de los acontecimientos y el horror que habían vivido sus tropas

Después de seis meses de arduas discusiones, las potencias vencedoras estaban de acuerdo y listas para entregar las condiciones a los vencidos y se fijó día y hora a finales del mes de mayo de 1919 para su entrega a Alemania. En una escena casi surrealista, con una atmosfera que parecía haberse detenido el tiempo y congelado los alientos, Clemenceau ordenó el ingreso de los delegados alemanes, quienes aún guardaban esperanzas de un trato justo en base a los “Catorce Puntos” de Wilson. Estaban encabezados por el aristocrático conde Ulrich Karl Christian Graf von Brockdorff-Rantzau, cuyo porte recordaba al viejo orden prusiano que se desplomó con la derrota. Las palabras del premier francés salían de su boca como espetando una furia contenida durante más de cuarenta años, con la frialdad lacónica con la que se trata despectivamente a sirvientes: “Ustedes pidieron paz, muy bien, estamos dispuestos a concedérsela”

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Fotografía: Los representantes de la Potencias Aliadas saliendo del Palacio de Versalles: el primer ministro francés Georges Clemenceau, el presidente de los Estados Unidos Woodrow Wilson y el primer ministro británico David Lloyd George

La delegación alemana había elaborado dos proyectos de discurso, uno corto donde simplemente recogían las condiciones y otro mucho más largo en tono conciliador, donde asumían cierta defensa y justificación. Eligieron el segundo y no fue una decisión muy acertada, la desagradable y rasposa voz del plenipotenciario alemán, como dando órdenes a un regimiento de infantería, irritó e indispuso a más de uno: Clemenceau se puso rojo de rabia y rompió un corta papeles por la ira, Lloyd George recién pudo entender el odio que sentían los franceses y Wilson aseveró que los alemanes verdaderamente eran un pueblo estúpido, al enviar a ese hombre para que hablase de esa forma en semejante circunstancia.

Las condiciones del tratado compilado en varios tomos, por determinación de los Aliados, estaban estipuladas de tal forma que no existía posibilidad de modificaciones, los alemanes sólo podían formular aclaraciones y se les dieron dos semanas para revisarlo y aceptarlo, de lo contrario las acciones bélicas continuarían. Entre otras se encontraba la restitución de Alsacia y Lorena a Francia, provincias perdidas después de la guerra de 1870, la reducción de su ejército a cien mil hombres con armas convencionales, la entrega de material bélico, el pago de las reparaciones por daños de guerra, la ocupación de la orilla izquierda del Rio Rin, el despojo de todas sus colonias ya que se consideró a Alemania indigna de mantenerlas y el desmembramiento de aproximadamente el diez por ciento del territorio alemán. Pero lo que más indignó a los germanos, fue que se considerase a Alemania como la única responsable del estallido de la guerra.

A las otras Potencias Centrales les fue igual o peor posteriormente, el Imperio Austro Húngaro prácticamente dejaba de existir y era subdividido en varios países de acuerdo a nacionalidades, que generaron otros barriles de pólvora posteriores puesto que unos y otros se quedaron atrapados en lados equivocados. Turquía fue cuarteada en Medio Oriente, dejando en manos de Francia y Gran Bretaña inmensos territorios en calidad de mandatos. Asimismo, se dejó sin efecto el Tratado de Brest Litovsk que se había firmado con Rusia, uno de los principales y más sufridos aliados, que no fue convocada a la Conferencia de Paz, porque se encontraba gobernada por los comunistas bolcheviques en medio de una Guerra Civil, que daría paso posteriormente a la naciente Unión Soviética. Cabe señalar asimismo que el premier Vittorio Orlando, por parte de los italianos, no estaba conforme con estos acuerdos en lo que concernía a su país, pensaba que podía y merecía más territorio austriaco en el Fiume y el Trentino, algo que fue aprovechado posteriormente por un periodista panfletario llamado Benito Mussolini, para denunciar el infausto sacrificio de miles de italianos a cambio de supuestamente nada.

En el hotel en el que se encontraba recluida y hostigada toda la delegación alemana por la población civil francesa, los traductores empezaron su trabajo desgajando por partes los tomos para ser entregados luego a los plenipotenciarios y sus asesores, quienes quedaron azorados y espantados, por lo que consideraban una sentencia de muerte para Alemania, el monto estipulado era exorbitante: ciento treinta y dos billones de marcos, algo así como cuatrocientos cuarenta y dos billones de dólares actuales, un monto imposible de pagar. Los debates de la delegación alemana fueron estériles y desesperados. Pero los desacuerdos no sólo fueron manifestados por ellos, el Mariscal Ferdinand Foch, Comandante Supremo de los Aliados, no estaba de acuerdo con los términos del tratado, le parecían ligeros, demasiado benévolos; Gran Bretaña y Estados Unidos tenían el océano que los separaba de Alemania, no así Francia que siempre los tendría a lado, por lo que pretendía la anexión definitiva de Renania y el Sarre, teniendo al Rio Rin como frontera natural y una zona de contención definitiva ante otra agresión germana, pero fue desoído. Allí lanzo su profética advertencia: “Este no es un tratado de paz, es una tregua de veinticinco (25) años”.

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Fotografía: Los delegados alemanes que firmaron el tratado de paz

Ante la amenaza de continuación de guerra, el consiguiente caos y la amenaza bolchevique, el gobierno de la joven República de Weimar no tenía otra opción que la firma. Allí surgió lo que se conocería como la idea de la puñalada por la espalda, puesto que la mayoría de la población alemana pensó que el tratado fue monstruoso e injusto teniendo en cuenta que vio volver a su ejército en completo orden y entre aclamaciones, siendo que en realidad se habían retirado rápidamente ante el inexorable avance aliado. Tampoco nadie les informó que la delegación alemana con carácter previo a la firma del tratado de paz había sido obligada a realizar un “tour force” por toda la zona de guerra, mostrándoles deliberadamente todo lo que habían causado.

El día 28 de junio de 1919, en Versalles, en la Galería de los Espejos, ante la impasible vista de los representantes de las potencias aliadas, los delegados alemanes ingresaron temblorosos y pálidos al gran salón, donde cientos de ojos escrutadores veía a los vencidos firmar el tratado de paz. Clemenceau encarnó el papel de un despótico maestro de ceremonias, cuya fiereza reflejaba el espíritu vengativo de toda Francia, dando órdenes tajantes a los alemanes, como a subalternos a los que trataba con supremo desprecio, ante la hierática e inexpresiva presencia de Lloyd George, Wilson y Orlando. Una vez firmaron los principales plenipotenciarios aliados, empezaron a tronar los cañones en las afueras del Palacio. La guerra oficialmente había terminado.

El reconocido economista John Maynard Keynes, parte de la delegación británica, hablaba de una “paz cartaginesa”, devastadora y en extremo dura, que tenía como objetivo destruir al enemigo y ponerlo para siempre en inferioridad. Otros fueron meros testigos circunstanciales de este extraordinario hecho, tal como el expresidente boliviano Ismael Montes, que, en su calidad de representante plenipotenciario del país, firmó el tratado de paz a nombre de Bolivia, que también había declarado la guerra a Alemania en 1917, siendo parte de los Aliados victoriosos. Y también quedaban los que tuvieron conocimiento de las ominosas consecuencias del tratado en la lejanía, en las barracas y en los hospitales, aquellos a los que les carcomía el resentimiento por semejantes condiciones, tal es el caso de un insignificante cabo austriaco que se encontraba convaleciente de una ceguera temporal a causa del gas mostaza del que fue víctima mientras estaba luchando en las trincheras de Flandes y que juró vengar la afrenta inferida, se llamaba Adolfo Hitler.

El Mundo no sería nunca más el mismo, a partir de la firma del Tratado en la Galería de los Espejos de Versalles.

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