Roberto Ossio Ortube
09/11/2017 - 19:36

El Pico del Cerro Rico de Potosí

En la efeméride del Departamento de Potosí, se recuerda el significado histórico de esta noble tierra, su emblemático Cerro y la legendaria Villa Imperial

El Cerro Rico de Potosí es el símbolo de la riqueza de Bolivia , Cuadro de Gaspar Miguel de Berrio. (1758)

Si algo representa la riqueza de Bolivia, es el símbolo que se encuentra perpetuado en su propio escudo, el legendario Cerro de Potosí. Su carácter de blasón, tiene sus antecedentes en la misiva enviada por Juan de Villarroel al Rey de España, Carlos V en 1546, en forma posterior al descubrimiento de las ingentes riquezas argentíferas el año 1545, donde este pedía al monarca se le confirme el título de descubridor del Cerro y fundador de la Villa, solicitando se señale escudo de armas. Esta petición fue acogida favorablemente, disponiéndose una Cédula Real de fecha 28 de enero de 1847, donde se le otorgaba el título de Villa Imperial de Potosí. Estas armas se mantuvieron hasta el 10 de agosto de 1565, fecha en la que Felipe II, concedió armas reales de España y entre los símbolos heráldicos, se encontraba desde luego, la magnífica montaña flanqueada por las columnas con denominación plus ultra y el águila imperial. Sin embargo, su valía ya era conocida con anterioridad, los habitantes originarios lo consideraban una huaca venerada y lo denominaban Sumac Orko: el Cerro Hermoso.

La naciente República de Bolívar, mediante Decreto de fecha 17 de Agosto de 1825, definía los términos en los que estaría constituido el escudo nacional, donde en uno de sus cuarteles se encontraba el Cerro de Potosí, sobre un campo de oro y este reflejaba las riquezas minerales del naciente Estado Independiente. Este Decreto fue modificado por Ley del 26 de julio de 1826, cambiando los cuarteles por una forma elíptica, donde en la parte central se encuentra el majestuoso Cerro, siendo hasta el día de hoy una característica no modificada.

No por nada el Libertador, tuvo como una de sus primeras intenciones al llegar a este nuevo territorio emancipado, el deseo de ascender personalmente a la cumbre de la montaña argentífera más famosa, como pináculo de su propio triunfo, al haber arrebatado a la Metrópoli su joya más preciada. Fue el 26 de Julio de 1825 que en el Pico del Cerro Rico, Simón Bolívar ostensiblemente emocionado culminó su epopeya, contemplando en su fuero interno el pasado y el presente, en medio de presagios y esperanzas, realizando una de sus alocuciones más inspiradas, puesto que su destino fue marcado por montes legendarios: desde el Aventino al principio de su periplo, pasando por el Chimborazo en medio de la campaña, hasta el fin del trayecto que culminaba en la cima del Potosí.

La magnificencia de la Villa Imperial y su Cerro, ha fascinado a todos aquellos que lo vieron, lo ven y lo verán. Este monte o “Rey de los Montes” para sus muchos apologistas, no sólo funge como representación de riqueza, poder y mejor vida para quienes tientan a la fortuna, sino también refleja inocultablemente los más pedestres y ocultos sentimientos humanos, desde la codicia hasta la ambición sin límites a cualquier precio, que puede incluso derivar en la muerte. Es esta la razón, este el eterno conflicto, esta es la dualidad continua a través de los tiempos de esta tierra, que ha encadenado a Potosí a un destino minero de explotación humana y material de cinco siglos.

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El actual desmoronamiento del pico del Cerro y las consiguientes muertes y pérdidas por derrumbes, es un síntoma perceptible y notorio del decaimiento presente al que se encuentra sometido Potosí. Este problema, como muchos otros, responde a la desordenada explotación minera que se remonta a los tiempos coloniales. Sin ningún arte, sin conocimiento en el laboreo de las minas, sin reparo en el porvenir, los españoles sólo tuvieron el objetivo de sacar la mayor cantidad de mineral, por ello trabajaron a tajo abierto y después de profundizarse superficialmente, no continuaban adelante. En esta lógica empezaron a perforar el Cerro en todas direcciones, practicando piques parecidos a ratoneras donde un hombre debe arrastrarse sobre el vientre para transitar en busca de vetas. Allí se explica la mortandad de los mitayos que morían aplastados por aludes, por la salida de gases tóxicos o por la simple asfixia generada por el calor insoportable a medida que es excava a mayor profundidad.

A la circunstancia señalada en forma precedente debe añadirse, la falta de conocimientos metalúrgicos y la falta de capital, deficiencias que permanecieron durante el tiempo de la República, teniéndose en cuenta el estancamiento de la producción minera siempre fluctuante y dependiente de las cotizaciones internacionales. La deficiente escuela fue continua y resueltamente aplicada sin mejoras, primero por los contados capitales inversores de finales del siglo XIX y principios de siglo XX, seguidos por la burocrática e inflada COMIBOL y rematados posteriormente por los cooperativistas mineros, quienes aplican sus conocimientos empíricos.

Ahora, en pleno siglo XXI, las consecuencias de esa explotación irracional, siguen condenando a Potosí a un purgatorio sin fin, como un recordatorio permanente de una agonía lenta, que la ensombrece y debilita. El desmoronamiento del pico no es un mero accidente provocado por la irresponsabilidad de un grupo de mineros (grandes, medianos, pequeños es irrelevante), es también el reflejo del descuido del propio Estado respecto no sólo al desmonte y perforación indiscriminada de un símbolo nacional, sino al olvido de una parte importantísima de nuestra Historia. Es la metáfora visible, palpable, de una realidad por demás triste: el olvido de lo que somos. Muchos dirán que no se vive de recuerdos, pero téngase en cuenta que el porvenir de Potosí está destinado a preservar ese pasado que muchos quieren redescubrir. De lo contrario simplemente sería un paraje abandonado, yerto, desierto, que despojado de su Historia y de lo poco que le quedan en sus entrañas, quedaría como muchos de los campamentos mineros abandonados de las montañas de los Andes: otro pueblo perdido, otro pueblo desierto, otro pueblo muerto.

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El Cerro refleja las eternas contradicciones de Bolivia, nos recuerda el glorioso pasado, destruido paulatinamente por un presente desquiciado, que se encamina a un futuro incierto. Las paradojas de Potosí se pueden equiparar al acercamiento visual que se realiza a una muestra puesta en el lente escrutador de un microscopio: a lo lejos se divisa el espléndido Cerro y la ciudad colonial, con sus magníficos templos e iglesias, la Casa de Moneda, los balcones y calles coloniales estrechas que tantos relatos han generado. Sin embargo cuando se acerca más el lente, se observa un Cerro cercenado, cuya forma cónica se ve desdibujada por los desmontes y las perforaciones indiscriminadas, dispersas por todas partes, a ello se suma la pobreza, el retraso, el descuido de una ciudad que de patrimonio ya le queda muy poco, cuando se recorren sus vías maltrechas. Si se acerca aún más la mira microscópica, el panorama es desolador, el Cerro parece un hormiguero roído, perforado por un lado y otro, con tierra, desagües, cenizales, basureros y letrinas abiertas, donde no existe nada admirable sino miseria, insalubridad y postergación, allí las casas de los mineros, de los cooperativistas, de la gente postergada y desposeída no son patrimoniales, son habitáculos carentes de lo esencial en medio del viento, el polvo y las piedras.

Teniendo en cuenta esta aproximación, seguramente el Inca Huayna Capac y sus huestes, en imaginaria retrospectiva, quizás hicieron lo prudente, en alejarse del magnífico Cerro, ochenta y tres años antes de la fortuita salida nocturna del indígena Diego Huallpa en 1545, la llegada de los ávidos conquistadores ibéricos y todo lo que vendría después que sacó lo mejor y lo peor de los seres humanos. La tradición cuenta que el Inca buscaba remojar sus maltrechos y enfermos huesos en las aguas termales de Tarapaya, divisando a lo lejos ese macizo cónico de hermoso color rojizo por su formación volcánica, compuesto por fragmentos de pizarra, en cuya cumbre prevalecía el color amarillo, con tonos grises y rosados. No se equivocó al pensar que debía cobijar riquezas espléndidas. La leyenda cuenta que un rugido de la tierra espanto a los sirvientes incaicos enviados como exploradores, advirtiéndoles que esas riquezas eran para otros que vendrían después. De allí deriva el nombre de Potosí: Potoj’si, que traducido del quechua significa: el que estalla.

No obstante ese Cerro y sus riquezas seguirán atrayendo como un imán perpetuo a quienes traten de desentrañar su Historia, sus secretos y sus ya exiguas fuentes de fortuna minera. Este lugar mítico, fue el codiciado botín de muchos que vinieron a probar suerte o de muchos otros que nacieron en su seno y tuvieron que alejarse de su tierra natal para buscar días mejores en otros sitios, debido a su pobreza y postración. Potosí aún espera de todos los bolivianos, no el desdén, no el olvido, no el desprecio, no la indiferencia, no el mal agradecimiento, no el saqueo, no su paulatina destrucción, no la vulneración de su patrimonio venido a menos; sino el reconocimiento, la conservación, el respeto y el rescate de quienes le deben tanto y se olvidaron ingratamente de esta ínclita tierra. Potosí aguarda simplemente que la memoria de todos los que conformaron un país alrededor de este monte argentífero magnífico no sea frágil, que se le asigne el lugar que se merece, que sea el insigne y noble recordatorio de su poder y riqueza, el símbolo de la propia gloria de Bolivia.

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