Derechos soberanos vs derechos humanitarios

Syntagma
13/06/2018 - 09:31
Turquía. Reuters.

Los procesos migratorios siempre han presentado grandes desafíos a los conceptos de ciudadanía e identidad nacional, pero las nuevas tendencias globales migratorias han reconfigurado estos términos de formas diferentes y aparentemente contradictorias. Por un lado, el flujo de bienes, capitales, tecnología e información, característico del proceso de globalización, ha generado la disolución de algunas fronteras, permitiendo una mayor mobilidad de personas en el mundo y propiciando visiones cosmopolitas y transnacionales. Por otro lado, esto ha sido contrarrestado por la reacción de muchos estados-nación que perciben esta apertura como una potencial amenaza a su seguridad, identidad e intereses nacionales; y en un intento por reposicionarse como las principales e indisputadas unidades políticas, han recurrido a políticas migratorias más restrictivas.

Respecto a este último punto, Eleonore Kofman señala que a pesar de ser signatarios de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, los países europeos han mostrado “una creciente renuencia para aceptar el ascendente número de solicitantes de asilo … o para darles un status permanente”. Una de las explicaciones dadas por estos países es que el terrorismo internacional ha convertido la migración en un asunto de seguridad nacional. Otra explicación, se refiere a la crisis económica que los países receptores afrontan, la cual impide que puedan abrirse a recibir una mayor cantidad de inmigrantes. Sin embargo, esta asociación que se ha afianzado en el imaginario, entre inmigrantes y desempleo y -peor aún- entre inmigrantes y terrorismo, es sumamente preocupante pues retrata a los inmigrantes como los principales responsables de los problemas económicos, de la criminalidad e inseguridad de los países que los reciben.

Si bien estas afirmaciones pueden tener fundamentos sólidos, no es la primera vez en la historia que los países europeos han aplicado políticas selectivas y restrictivas en materia de inmigración. La realidad es que, como señala Giorgio Agamben, las categorías de “inmigrante”, “refugiado” y “solicitante de asilo”, perturban la santa trinidad del territorio del estado-nación.

El más reciente ejemplo de esta situación se produjo el pasado fin de semana, cuando autoridades competentes de Italia y Malta no otorgaron la autorización para el desembarco de 629 refugiados, rescatados en aguas internacionales en la zona de Libia. Esta noticia no es sorprendente, más aún si se toman en cuenta las polémicas proclamaciones -claramente anti-immigracionistas- del nuevo Ministro del Interior de Italia, Matteo Salvini, quien al respecto hizo la siguiente declaración: "Desde ahora también Italia empieza a decir 'no' al trafico de seres humanos. 'No' al negocio de la inmigración clandestina". Refiriéndose a los inmigrantes, añadió: “Se acabó la buena vida; empiecen a hacer las maletas".

Lastimosamente, éstas no son declaraciones aisladas ya que, pese a los importantes esfuerzos de los organismos internacionales por enfatizar la imperatividad de la ayuda humanitaria, líderes de distintos países han mostrado posiciones similares a las de Salvini -aunque quizás un tanto más diplomáticas-. El Bréxit en el Reino Unido y la propuesta de Donald Trump para construir un muro entre Estados Unidos y México constituyen ejemplos emblemáticos de esta tendencia anti-inmigratoria.

La actual crisis de refugiados constituye la mayor crisis humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial y se ha convertido en un factor decisivo para repensar la migración en términos de la dualidad inclusión/exclusión, intrínseca a las nociones de ciudadanía. Según las cifras presentadas por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), en la actualidad, hay más de 65 millones de personas desplazadas en el mundo. Esto se traduce en que cada 3 segundos una persona es forzada a abandonar su hogar para salvar su vida, principalmente como consecuencia de la violencia armada. De ese total, tan sólo el 6% fueron relocalizados en todo Europa hasta el 2017.

Los Estados proclaman su derecho soberano a “cerrar sus fronteras”, pero ¿dónde quedan entonces los derechos de las personas a proteger sus vidas? Como bien señala Lelio Mármora: “las fronteras formales nunca pued[e]n llegar a superponerse a las fronteras morales”.


SYNTAGMA

Por muchas razones elegimos para este espacio de opinión el nombre de Syntagma, una de las más fuertes es que, recordando la dicotomía de la lingüística y teniendo presente el antinómico de esta noción desde la epistemología, jamás pretenderíamos ser el paradigma.

 

También elegimos este concepto cargado por miles de años de sentidos por su definición básica: Syntagma es el eje de combinación de las palabras y somos precisamente un grupo de personas que conforman una combinación sintagmática de opiniones muy diversas muchas veces armónicas entre sí y muchas otras en franca contradicción. Con esto Syntagma quiere mostrar que la confrontación de ideas puede convivir, que las disputas de pensamiento muestran los mejores caminos posibles.

 

Por último, los miembros de Syntagma (mayormente, pero con excepciones) han optado por el anonimato debido a diversas razones; sin embargo, también se lo hace como homenaje a la tradición de la expresión de la opinión pública desde el inicio de la germinación del país, cuando en Charcas, las polémicas políticas de los escritos anónimos sembraron el terreno que fructificó y hoy es Bolivia.


 

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