Neoliberalismo e izquierda

Syntagma
30/07/2018 - 14:49

El ascenso de gobiernos de izquierda en la región con la entrada del nuevo milenio, en gran parte se debe al hastío de la población del modelo económico que venía siendo aplicado en casi todos los países, como una respuesta a la crisis económica de los años ochenta. En mayor o menor medida, esta década perdida dejó a los países Latinoamericanos a merced de organismos internacionales de financiamiento que, aprovechando la imposibilidad de continuar con un desarrollo guiado por el Estado durante casi 3 décadas, motivaron, presionaron y luego obligaron a seguir un conjunto de recetas que consideraban el único camino viable para conducir un país. El punto es que, si bien este modelo imponía ajustes que traían costos sociales elevados, esto iba ser compensando con la estabilidad macroeconómica y posterior crecimiento económico.

Este modelo, fundamentalista de mercado, conocido ampliamente como neoliberalismo tuvo en América Latina un efecto, no sólo económico sino político, tan fuerte que implicó que en muchos países incluso se derrumbe el sistema político. Los elevados costos del ajuste pero además la falta de cumplimiento de las promesas (mayor bienestar y prosperidad para todos a través del mayor crecimiento económico) hicieron que en muchos países las revueltas populares hagan inviable su continuidad, llegando a romperse el pacto de gobernabilidad previamente existente.

En este contexto de lucha contra la usurpación que resultó de este modelo económico tan controversial (privatización y desregulación), surgen varios líderes y movimientos en América Latina y que prometían no sólo la recuperación de la soberanía nacional sino una búsqueda diferente de prosperidad y bienestar. Estos movimientos fueron agrupados bajo el término “izquierda” a pesar de tener ideologías distintas dado que el gran factor común era la lucha por la recuperación de un Estado fuerte que guie las políticas, no bajo preceptos de eficiencia sino más bien de justicia social. Si bien los países con una izquierda más radical decidieron agruparse en un bloque (Alianza Bolivariana por los Pueblos de Nuestra América), el diálogo fue muy fluido con los países con una izquierda más moderada y que continuaron bajo la institucionalidad del Mercado Común del Sur.

Luego de unos pocos años, los indicadores mostraron el éxito de esta izquierda Latinoamericana. En primer lugar, se lograron mayores tasas de crecimiento que las que debían haberse experimentado bajo el modelo neoliberal. En los primeros años, Argentina y Brasil pasaron de tasas de 3% a incluso 8% y 6% respectivamente. Venezuela llegó a tasas de dos dígitos, mientras que Bolivia, de un promedio de 3% llegó incluso a tasas que pasaban el 6%. Por otro lado, los indicadores sociales que corroboraban que la mayor riqueza generada fue redistribuida por el Estado. La pobreza y desigualdad se redujo en todos los países, llegando en algunos a la mitad de los niveles de los años 90.

Sin embargo, todo lo anterior es sólo la mitad de la historia. En los últimos 2 años se ha dado un cambio en el panorama político de casi todos estos países y que muestra que, a pesar de los estos avances, la población decidió que quería un cambio. No importa cuántos indicadores más analicemos, se podría seguir argumentando que fue un tiempo casi inédito de mejoras y avances, y sin embargo la mayoría de la población en estos optó por pedir un cambio. Dejando a un lado Brasil (que tuvo un golpe institucional a la presidenta Dilam Roussef), los gobiernos mencionados fueron perdiendo en las urnas, uno a uno. A pesar de su gran presencia y apoyo en la calle, las urnas demostraron de manera clara esta voluntad de cambio del pueblo.

Sin entender qué es lo que pasó o por qué el pueblo, obviando los grandes avances, decidió cambiar, la respuesta más obvia de los líderes políticos debía ser el aceptar la voluntad popular y ceder democráticamente el poder. Si bien esto sucedió en varios países, actualmente la crisis política y social que se vive en países como Venezuela y Nicaragua es el resultado de que la élite gobernante no está dispuesta a aceptar que, a pesar de todo el apoyo que tuvo para llegar al gobierno y para mantenerse varios años ahí, la mayoría de la población ya no los quiere ahí. Ya cada uno deberá evaluar si se trata de un hastío con un modelo económico fallido o con la impunidad y corrupción o incluso, se trata sólo de valores democráticos arraigados en el imaginario colectivo. El punto es que existen demandas en las calles pidiendo un cambio y por más glorias pasadas que se hayan tenido, la democracia exige que se escuche y obedezca. Tal vez nunca lleguen a entender por qué el pueblo no apreció todo lo que se hizo en materia económica y social, pero lo que queda es obedecer. No se puede seguir viviendo de glorias pasadas.

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