La espada en la palabra
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Ignacio Vera Rada
23/02/2018 - 20:42

Latinoamérica populista y su educación

En este artículo se pretende hablar del populismo, pero no desde el acostumbrado enfoque político. Y es que tantos y tan variados efectos tiene el populismo en los países donde existe, que su análisis tiene también que ver con la sociología, la psicología y, como no podría ser de otra manera, con la economía de la educación.

El populismo es como una suerte de status quo para el desarrollo material de los países, y, de la misma manera, puede ser un gran estimulante para el dinamismo de las emociones que reafirman la identidad. Normalmente, salvo escasas excepciones, tuvo como enemigos al capitalismo, la inversión ajena y en general a todo lo procedente del extranjero.

La esencia de las corrientes populistas en América Latina no ha mutado en el tiempo; sus lineamientos respecto al mecanismo de sus procedimientos tácticos y operacionales siguen siendo tal y como los de hace medio siglo. Y dado que el populismo —dada su ambigua y rara volatilidad— es para la politología como una especie de espectro aún no inscrito en ninguna taxonomía ni descrito con cientificismo para ser tipificado, y que bien puede ser el antifaz de un gobierno de derecha o de izquierda, afecta invariablemente y de una manera aguda a la Economía del conocimiento, sin tener en cuenta factores que, en su caso, pueden o no afectar a la economía, o pueden o no afectar al orden jurídico, por ejemplo.

El reputado periodista Andrés Oppenheimer maneja muy bien el término Economía del conocimiento para hacer un análisis de las deficiencias que arrastran varios países latinoamericanos como resultado de las decisiones frívolas de sus regímenes políticos, o, mejor aún, de las de sus jefes de Estado. Oppenheimer, en uno de sus libros, dice: “…estamos viviendo en la era de la economía del conocimiento, donde los países más ricos son los que producen servicios de todo tipo […] y donde algunos de los que tienen mayores índices de pobreza son los que tienen más materias primas”.

Los populismos de América Latina olvidaron la educación, y si no la olvidaron, la están orientando hacia un norte que es el de una pedagogía sentimental, obsesionada con el pasado, y lo que precisan ahora los países son justamente científicos y técnicos guiados por el pragmatismo y el futuro.

Se debe crear valor agregado, que hoy no es otro que la educación especializada; se debe incentivar a la investigación, porque en América Latina nunca hubo verdadera ciencia. Por otra parte, el apoyo privado debe ser también un soporte de la buena educación.

Se debe dejar atrás la politización de la educación y de los estudiantes. La enseñanza en Bolivia (la que funciona bajo la Ley “Avelino Siñani”, promulgada en el gobierno de Evo Morales), por ejemplo, tiene un gran componente de orientación ideológica, y esto no puede ser sino peligroso para el espíritu de libertad y autonomía que debe tener la educación, porque en síntesis, ésta consiste, como decía Goethe, en estimular a la juventud al estudio más que en aleccionarla. El espíritu de la educación que los Estados deben adoptar debe ser siempre neutral.

Seamos unos empecinados convencidos de que al progreso moral, material, jurídico, social y económico de los Estados se llegará con educación y más educación. La educación no es ni será nunca un fin sí mismo, sino un camino para alcanzar eficazmente todas aquellas cosas que están relacionadas con el bienestar de las sociedades de cualquiera parte del mundo.

Hasta ahora, en los países latinoamericanos no se pueden ver avances educacionales ni didácticos, sino una deprimente situación pedagógica. Pero un día u otro habrá que salir de esta pavorosa incertidumbre.

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