Buscando la Verdad
Gary Rodríguez Álvarez
18/07/2014 - 18:04

¡Cómo me duelen, Brasil y Argentina!

El apasionamiento por algo no debería ser motivo de preocupación, especialmente cuando obedece a una buena causa. Sin embargo, hasta el apasionarse por algo bueno tiene un límite a la luz de valoraciones éticas, morales y leyes espirituales. Por tanto, ¿hasta dónde resulta sana una pasión?

Esta pregunta surgió en mí por el Mundial de Fútbol que durante un mes tomó desde los corazones hasta la mente, el alma y cuerpo de los apasionados por el fútbol en todo el mundo -grandes, chicos, mujeres, hombres- sin distingo.

Según la Real Academia Española una pasión consiste en una inclinación, una preferencia muy viva, un apetito o una afición vehemente por algo. Pero cuando la pasión lleva al fanatismo, al llanto, a la agresión, al odio, al obsesivo deseo de ganar, al escarnio del vencido o a la depresión del derrotado, entonces la pasión pasa a ser una perturbación. La pasión descontrolada puede traer frustración, dolor, destrucción, enfermedad y hasta muerte.

Primero fue Brasil. ¡Gran conmoción y llanto por la inesperada derrota ante Alemania! De nada valieron las “200 millones de razones” que se decía habían para que ganara: perdió 7-1. La frustración de los apasionados -descontentos desde antes del Mundial por su situación económica- podría tener efectos políticos insospechados, como las redes sociales lo mostraban ya luego de la derrota, diciendo entre otras cosas que “…un país se hace con gente honesta, trabajadora y no con una población transformada en parásitos por un gobierno que enseña a recibir alimentos en la boca y no a luchar para conseguirlos”.

El experimentado periodista y amigo Edgar Toro Lanza, fue más allá: “Con el desastre de Brasil, está confirmado que el fútbol no es solo un juego como dicen muchos. El fútbol es un fenómeno social, económico y político. Verán cómo cambia Brasil a partir de este Mundial. Fuera de bromas, me atrevo a decir -por ejemplo- que está en duda hasta la reelección de Dilma Rousseff”.

Concuerdo con él y -si está en lo cierto- otro tanto pasará en la Argentina por igual motivo, dada la insatisfacción por la situación económica existente que solo la pasión de ganar un campeonato mundial podía calmar, pero no fue así.

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¿Cabe tanta pasión por el fútbol? ¿En qué se convirtió este deporte? Para muchos en una religión con “ídolos” como Maradona, Neymar o Messi. Para los más, en la búsqueda de la alegría de la victoria a costa del dolor de la derrota de otros: ¡Cómo me duelen Brasil y Argentina, por el escarnio contra sus hijos!

(*) Economista, Magíster en Comercio Internacional

Fuente: “El Deber”

Santa Cruz, 16 de julio de 2014

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