Paternalismos

Editorial
12/05/2018 - 11:15

“—¿Quién soy? ¿puedo saber algo de mi padre?”, pregunta Juan de la Rosa.

“Tu buena madre quería que tú lo ignorases siempre. Respetemos su voluntad”, recibe como respuesta este personaje-niño de la literatura boliviana. El interlocutor de Juan cambia de tema y comienza a hablarle de las “fundadas esperanzas de una gran victoria, tal vez final, de las armas de la patria” en plena Guerra de la Independencia.

Juan de la Rosa se pregunta desde el inicio de la narración de Nataniel Aguirre sobre su padre, de quien no sabe ni el nombre. El mecanismo alegórico de la novela es claro, el narrador-personaje se lanza a luchar por la libertad de la patria en busca la filiación que carece: el paralelo de significaciones que se pone en marcha no es inocente: la palabra patria viene de padre (Pater, en latín). Es por eso, por ejemplo, que el feminismo propone la “matria” (madre, Mater).

Hay varias recurrencias de alegorías idénticas en otras literaturas románticas, pero veamos un ejemplo más de Bolivia: José Santos Vargas (el “tambor” Vargas), otro huérfano de las letras bolivianas, se zambulle en la guerra primero en busca de su familia y termina encontrando una patria, una filiación.

Es común en la historia latinoamericana que diferentes gobiernos hayan puesto en marcha una jugarreta de lenguaje en base al origen de la palabra patria, logrando naturalizar una sinonimia mentirosa entre las nociones de patria-Gobierno-padre. Esta sinonimia falaz ha sido llevada muchas veces al extremo por el caudillismo latinoamericano, llegándose a querer establecer una equivalencia entre el nombre de un caudillo dado y su patria. Pero ésta jamás es una persona o una autoridad. Claro, la patria excede a cualquier individuo y es infinitamente más grande y compleja.

Es común también que esta sinónima embustera ha sido tomada como cierta por los gobernantes. Cuando eso sucedió se vieron conductas paternalistas que hacen ver el trabajo de Gobierno como una dádiva, una concesión, a los hijos gobernados (si se portan bien). Tampoco es raro que por haber tomado por verdadera esta engañifa del lenguaje, los gobernantes hayan infantilizado a sus gobernados, tratándolos como si fueran menores de edad.

Para no ir muy lejos, se puede recordar cómo Goni decía (infantilizando a los bolivianos) que no se podía dejar al pueblo, mediante un referendo, decisiones tan “complejas” como la venta del gas.

Más cerca aún, sobre el conflicto de Incahuasi que enfrenta a los departamentos de Chuquisaca y Santa Cruz, el vicepresidente Álvaro García Linera dijo a Red Uno: “Hay que mantener una actitud muy serena, muy de padre, y no involucrarse con la confrontación de uno de los hijos y ser muy justos”.

La desafortunada metáfora utilizada tiene todo el peso negativo que se describe arriba y más (no se puede olvidar el mito de Cronos). Los gobernados de cualquier país del mundo no son menores de edad; por lo que los miembros de las clases políticas tendrían que evitar cualquier paternalismo, porque al final del camino, la búsqueda de filiación de Juan de la Rosa se hace fructífera en la patria y no en la identidad del padre y menos en la de quien se atribuya a sí mismo como tal.

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