Las fronteras, cicatrices de la historia

Editorial
10/05/2018 - 09:13

Las fronteras son las cicatrices de la historia. En nuestro presente son aún los cuadriláteros vivos donde la “querella del excedente” del gas se disputa. Hoy ring, mañana costra. Hoy costra, ayer ring. Nada como los recursos naturales han esculpido de forma más entusiasta y trágica el mapa boliviano, y sobre todo el pensamiento nacional, diría Fernando Molina. El fetiche de la Virgen del Cerro preñada de plata, el puente de plata entre Madrid y Potosí, la piscina de 700 kilómetros cuadrados de gas que describía Tuto Quiroga, no venderle gas a Chile, venderle a cambio de mar, Socavones de Angustia, la veta La Salvadora, el complot de la Standard Oil, Marcelo Quiroga Santa Cruz, la Gulf Oil, la Revolución Federal, la nacionalización.

Si las fronteras son cuchillos que cortan las tajadas de la riqueza natural entre partes, y si esta es el Gran Dorado que los pueblos anhelan, no sorprende que la conflictividad de los últimos 40 años en Bolivia se explique por la importancia de dibujar el mapa allá donde la riqueza está debajo de la tierra, como apunta Roberto Laserna. El conflicto de Incahuasi, entonces, es un recordatorio de nuestra naturaleza extractivista y rentista. Ayer fue el Cantón Chimeo, hoy Incahuasi, mañana posiblemente el Litio.

Irónicamente, Santa Cruz —hoy enfrentada a Chuquisaca— es un ejemplo de la posibilidad de superar el extractivismo. Los buenos precios del gas en la segunda mitad del siglo XX y el plan Bohan que miraba al oriente para otras cosas más que arañar la tierra, lograron lo que todos sabemos: tener hoy al departamento cruceño como líder de la economía nacional, mas allá del gas. Tarija, en contraste, es un Santa Cruz de los años 50s, pero sin plan Bohan.

La Constitución Política del Estado dejó atrás que la propiedad de los recursos naturales resida en el Estado. Descansa ahora en el conjunto de los bolivianos. Sin embargo, los beneficios de esta propiedad separaron a los beneficiarios hasta en 19 veces en los últimos años. Es decir, mientras un habitante con gas debajo suyo recibía 19 Bs, otro sin gas recibía 1: “todos somos iguales antes la ley, pero algunos somos más iguales que otros”, podría decir un pandino o un tarijeño, por ejemplo. La torta a cortar ha crecido, pero no se han achicado las brechas. El reparto de lo que en papeles es de todos, premia la suerte de vivir sobre los yacimientos.

Quizás era ingenuo creer en el Pacto Fiscal como el escenario de solución a una acumulación histórica de más de 150 años. Sin embargo, el pacto se resume a un catálogo de temas a pactar en un futuro, en la práctica no ha resuelto nada y ni siquiera ha incorporado cosas tan obvias como tener un fondo que nos permita ahorrar en tiempos de bonanza para acolchonar los tiempos de escasez. Saben de esa obviedad los pandinos, cuyas autoridades peregrinaron a La Paz para pedir ayuda.

Si los recursos naturales y la pelea intestina alrededor de ellos resumen la historia boliviana, no puede reescribirse ésta en una mesa de negociación. Si debiera en el corto plazo cumplirse la ley y el sentido común, se tendría que compensar a los territorios que nacieron sin yacimientos, estabilizar fluctuaciones de electrocardiograma de los ingresos de gas y minería, y restar protagonismo a la suerte como factor de distribución.

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