Roberto Ossio Ortube
17/08/2018 - 22:53

La Medalla Presidencial de los malos presagios (léase “k’encherios”)

La insignia de mando de Bolivia, con la que algunos pretendieron quedarse, otros la evitaron y otros la descuidaron, sin que ninguno, tarde o temprano, se salvase de pagar el precio de ostentarla.

Jorge Córdova fue el presidente que se llevó consigo la Medalla del Libertador. Luego la devolvió. Murió trágicamente en 1861 durante las denominadas "Matanzas de Yañez"...

En los últimos días se ha hablado hasta el cansancio de la Medalla Presidencial de Bolivia, perdida y recuperada (por mero azar) entre el 7 y el 8 de agosto de 2018, misma que fue sustraída de un automóvil oficial por ladrones de poca monta, mientras este se encontraba estacionado en las puertas de un burdel de periferia, cuando el custodio asignado se hallaba departiendo con prostitutas, rebelando con ello graves y muy serias deficiencias institucionales y de formación en los militares bolivianos.

Pero no sólo eso, se ha evidenciado incumplimiento de deberes respecto a responsabilidades básicas inherentes a funciones tan elementales, solemnes e importantes, como son el respeto y preservación de los valores, patrimonio y memoria histórica de un país. Sobran los adjetivos calificativos negativos para quienes protagonizaron el hecho y para aquellos que permitieron semejante afrenta que no es más que un desprecio a nuestro pasado común.

Sin embargo, la Medalla y su valía, es más grande que este nuevo sórdido episodio que se suma a su conflictuado trajín. Esta joya parece que ha signado a quienes en su momento la usaron temporalmente para bien o para mal y mucho más a quienes trataron de apoderarse de ella, de retenerla arbitrariamente, despreciarla por temor o descuidarla por torpeza.

El Libertador Simón Bolívar la recibió como obsequio de la nueva República, pero después de 1825 el prócer tuvo un tortuoso recorrido de retorno hacia la Gran Colombia, muriendo pobre, perseguido y abandonado el 17 de Julio de 1830 en Santa Marta. En una muestra de desprendimiento y gratitud hacia Bolivia, en lugar de cuartear y fundir la medalla para sufragar sus gastos y necesidades, que hasta donde se sabe eran muchos y apremiantes, devolvió la insignia en magnánimo gesto.

El Congreso concedió al Mariscal Andrés de Santa Cruz la medalla en reconocimiento a su persona y magistratura. Derrotado en Yungay en 1839, se encontraba en el exilio cuando el nuevo gobierno de José Miguel de Velasco, fue a su casa en La Paz y compelió prácticamente por la fuerza a su esposa Francisca Cernadas de la Cámara a que entregase la joya. Santa Cruz y su familia reclamaron como suya la medalla por mucho tiempo, no obstante, fueron los primeros en pretender retenerla y al parecer pagaron un costo: Santa Cruz nunca más pudo poner pie vivo en suelo boliviano, falleciendo lejos y desterrado bajo el escarnio de sus coterráneos.

Más tarde, Jorge Córdova ascendió a la presidencia no por méritos personales, sino por ser únicamente yerno de Manuel Isidoro Belzu, sus aptitudes se reducían a eso, aparte de su contextura física, sus ojos claros y haber sido un marinero que cruzó en una goleta el peligroso Estrecho de Magallanes en el extremo sur de América, razón por la cual ostentaba un arete en la oreja izquierda, no teniendo mayores pergaminos. Córdova al ser derrocado por una asonada encabezada por el Dr. José María Linares, se llevó consigo la medalla, como si fuese suya y no la devolvió hasta la caída del Dictador Civil. Sin embargo, tiempo después, en 1861, cuando fue capturado por Placido Yañez por supuestas confabulaciones tendientes a reponer en la presidencia a su suegro, Córdova y otros conspiradores contra Achá, fueron simple y llanamente fusilados en el viejo Loreto de la Plaza Murillo en uno de los episodios más sangrientos del Siglo XIX.

El no ostentarla también causa problemas, José María Linares no pudo usarla porque como se vio, Córdova se la llevó consigo, pero paradójicamente por “omisión involuntaria”, como resultado tuvo un gobierno convulso y dificultoso, marcado por levantamientos y revueltas, pese al ambiente monacal y moralista que se vivió en el Palacio de Gobierno, donde su hermana aquejada por la locura, deambulaba perdida por los corredores del sombrío recinto. Cansado de tanto bregar, Linares fue derrocado, muriendo pobre, solo y abatido en Valparaíso.

Hilarión Daza después de los descalabros de la campaña del Pacífico, fue derrocado en diciembre de 1879 y en un arranque frustración y revancha, pretendió llevarse consigo la insignia pensando que con ello restaba legitimidad a los subversivos, pero fue disuadido por su entorno y dejó la medalla. No obstante, la afrenta tuvo consecuencias, el fin de Daza no fue de los mejores, vuelto del exilio murió asesinado en Uyuni en 1894.

En el siglo XX la medalla no fue usada por Nestor Guillen, quien llegó por accidente a la presidencia hasta que asumiera formalmente el presidente interino Tomás Monje Gutierrez quien se negó ostentarla porque creía que estaba reservada para los mandatarios constitucionales, no obstante, ellos tampoco se salvaron del sino extraño de la medalla. Con la llegada de la Revolución de 1952, las casas de estos hombres fueron atacadas y ambos pasaron a un ostracismo lindante a una muerte civil.

Alberto Natush Busch no tuvo tiempo para usarla, pero la vorágine de balas y la matanza en la jornada de Todos los Santos de 1979 fue un baldón muy lúgubre. Los costos personales posteriores de su aventura fueron altos. A parte de ser prácticamente olvidado y denostado, la salud de este presidente en los últimos años de su vida fue acicateada por convalecencias muy dolorosas.

Celso Torrelio Villa llegó a la presidencia como una opción no tan siniestra como la de su antecesor Luis García Meza Tejada, sin embargo, este militar se rehusó públicamente a usar la insignia, acusándola de ser de mal augurio, que dentro los modismos bolivianos se define como un “k’encherio”. Torrelio tuvo un paso fugaz lindante al olvido indefinido, mirado incluso con desdén.

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Uno de los episodios más recientes ocurrió el 10 de octubre de 1982, el Dr. Hernán Siles Zuazo juraba al mando supremo de Bolivia, restaurando la Democracia después de dieciséis años de gobiernos militares. Sin embargo, más por distracción que por mala intención, la medalla fue puesta al revés, circunstancia tomada como mal presagio por los presentes. Y lo fue, si bien el Dr. Siles fue un gran mandatario respetuoso de los Derechos Civiles de un pueblo que volvía a recuperar la libertad, siendo que el mismo dijo que tenían el Derecho de protestar lo que quisiesen después de años de represión, el manejo económico de su administración fue un desastre y sus áulicos palaciegos de ese entorno funesto, hicieron mucho para precipitarlo y desprestigiarlo definitivamente. Seguramente como incisivo conocedor de la Historia, el Dr. Víctor Paz Estenssoro en su posesión del 6 de agosto de 1985, en forma evidente y registrado ante las cámaras, en fracciones de segundos, revisó por un momento si la medalla fue correctamente colocada cuando fue investido. Así evitaba problemas de inicio.

Cuando Carlos Mesa fue juramentado el viernes 17 de octubre de 2003, la bóveda del Banco Central de Bolivia se encontraba cerrada. Por tanto, Mesa juró sin la medalla y los malos augurios no se dejaron esperar, su gobierno fue combatido ferozmente por todos lados. La candidez del mandatario que no tenía bancada parlamentaria, lo hizo vulnerable a las protestas continuas en un periodo inestable, viéndose forzado a renunciar. Ahora está ante las puertas de un Juicio de Responsabilidades por lo acaecido en su corto periodo, respecto al caso Quiborax.

Rodríguez Veltze juró en Sucre y sin la medalla, por lo que su periodo de transición fue tan irrelevante que podía unírsele a Guillén y Monje Gutierrez para ahorrarnos explicaciones innecesarias, aunque se salvó por el momento, de intenciones de saqueo y omitiendo su presunta responsabilidad por la desactivación de los misiles chinos el año 2005.

Finalmente, fue en el largo gobierno de Evo Morales, cuando llegó la que, sin duda, es la más humillante y pavorosa historia de la medalla presidencial, misma que no fue sustraída de las bóvedas de resguardo del Banco Central, robada en un asalto mano armada o retenida por el Presidente, sino fue robada por ladrones a las puertas de un prostíbulo, por la irresponsabilidad de subalternos castrenses que vergonzosamente no cumplieron su deber de resguardarla.

Estos militares, que parecen que no entienden algunas palabras como: Honor, Responsabilidad, Deber, Civismo, Memoria Nacional, hicieron que un símbolo invaluable, se viera reducido a ser depositado en una mochila mugrosa, botada en la parte posterior de una vagoneta, mientras su custodio “hacia pieza” con una meretriz. Si así se “salvaguarda” algo tan valioso, con razón las fronteras son tan permeables a la delincuencia y al contrabando. Siendo más mordaces, ya sabemos porque nos fue tan mal en todas las guerras. Ni siquiera pensar en los comentarios vertidos en el mundo civilizado, fuimos para nuestro bochorno noticia global.

Pero este nuevo capítulo deshonroso, dentro del mundo real o imaginario de los sinos, tendrá seguramente un costo para el mandatario actual, como lo tuvo para todos los anteriores detentadores temporales de la medalla, que le pasará su factura tarde o temprano. Meras coincidencias dirán muchos, un mal augurio dirán otros, simples anécdotas señalaran los más obsecuentes defensores del régimen. No obstante, algo es seguro, la Medalla Presidencial de los malos presagios (léase k’encherios en el acervo nacional) seguirá al menos por un tiempo inalterable, lo único que cambiara es el cuello que la sostiene.

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